DLF Redacción
El Santo Padre habló a los más
variados sectores del país y les advirtió sobre los privilegios ilícitos que
atentan contra el bienestar social, y son terreno fértil para la corrupción que
nos está destruyendo.
Después
de la visita del Papa Francisco, sus palabras
son analizadas profundamente, de manera particular en lo concerniente a nuestra
vida y la necesidad de conversión, ante males sin solución útil, a pesar de
llamados, campañas y palabras, de compromisos radicales que dicen involucrar
toda la fuerza del Estado de Derecho, sin resultados contundentes.
El Santo Padre habló a los más variados sectores del
país y les advirtió sobre los privilegios ilícitos que atentan contra el
bienestar social, y son terreno fértil para la corrupción que nos está destruyendo.
La corrupción es humedad que carcome las paredes de la democracia. Desde nimias
conductas, consideradas irrelevantes, hasta hechos ilegales sin imputación de
responsabilidad alguna. Corrupción es el taxímetro alterado para elevar
tarifas; corrupción es disponer, al antojo, de helicópteros estatales para
traslado exclusivo de artistas e invitados especiales; corrupción es solapar a
juniors, amparados por padres poderosos e influyentes; corrupción es la
deshonestidad usufructuante del poder, al poner toda la maquinaria política a
favor de candidatos en las próximas elecciones; corrupción es acomodar las
condiciones del mercado para beneficiar subastas, empresas y especuladores;
corrupción es ser juez y parte, sin deslindar responsabilidades de autoridades
señaladas de enriquecimiento para beneficiarse a sí mismas, o al premiar a
amigos con millonarias licitaciones y jugosos contratos; corrupción es desviar
la mirada de la destrucción violenta, disfrazando la realidad con cifras
triunfalistas e irreales.
En
noviembre de 2014, la Encuesta Nacional
de Corrupción y Cultura de la Legalidad, realizada por el Instituto de
Investigaciones Jurídicas de la UNAM, reveló que la corrupción es un fenómeno
de difícil erradicación, y el panorama no es tan optimista en cuanto al
combate. A juicio de Transparencia Mexicana, al año se cometen más de 220
millones de actos de corrupción que lesionan la confianza. La impunidad
rebasa el 90 por ciento y más de la mitad de la población no ve los beneficios
equitativos del sistema democrático.
Hace unos
días, organizaciones civiles integraron la iniciativa 3 de 3 para llevarla a
las cámaras del Congreso de la Unión.
Destaca que la Iglesia, institución de la mayor de las credibilidades entre la
población, impulse esta campaña ciudadana. Los obispos de la Comisión para la
Pastoral Social de la Conferencia del Episcopado Mexicano llamaron a la
participación de la sociedad civil en la rehabilitación ética de la política; y
en la Arquidiócesis de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera hizo lo
propio, invitando a los laicos comprometidos y fieles en general a integrar
sus firmas para promover la Ley 3 de 3, en grupos, parroquias y colonias a fin
de que en México se acaben las enormes e injustas desigualdades provocadas por
este mal.
Si la
población tiene poca fe en la
efectividad de la política, iniciativas como la anterior representan un signo
para devolver la credibilidad en las instituciones a fin de reparar el tejido
social lacerado. Es necesario vencer la desconfianza, es imperativo que
diputados y senadores legislen sobre lo
urgente, abandonando debates estériles y discusiones baladíes polarizantes y
paralizantes de la sociedad mexicana… Corrupción es mantener en la congeladora
legislativa las iniciativas contra este fenómeno, dejando que el tiempo sea el
mejor sepulturero de las buenas intenciones de campaña.

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