La luz de Francisco
Alejandra María Sosa Elízaga
Fallaron los pronósticos que
temían un atentado contra el Papa. Por encima del impactante despliegue de
seguridad, el que cuidó a Francisco fue Dios. Ya lo dice el salmista: “si el
Señor no guarda la ciudad, en vano se cansan los centinelas” (Sal 127,1).
Fallaron
los pronósticos de analistas que
predijeron que Estados Unidos recibiría al Papa con total desinterés porque
no era popular en un país que no comparte su defensa de la familia y del medio
ambiente.
Los
norteamericanos abarrotaron los eventos
del Papa y miles y miles de personas, con entusiasmo y alegría sin
precedentes, saturaron las calles, tan sólo para verlo pasar.
Fallaron
los pronósticos que anunciaban que manifestaciones de opositores a la Iglesia
impedirían que la visita papal transcurriera en paz.
No
aparecieron por ningún lado. Quiero
pensar que los conquistó la calidez de Francisco, aunque lo más probable es que
entendieron que su protesta no hallaría simpatizantes, y decidieron que
calladitos se verían más bonitos.
Fallaron
los pronósticos que temían un atentado
contra el Papa. Por encima del impactante despliegue de seguridad, el que cuidó
a Francisco fue Dios. Ya lo dice el salmista: “si el Señor no guarda la
ciudad, en vano se cansan los centinelas” (Sal 127,1).
Y
fallaron los pronósticos que, lo
confieso, hice yo, pensando que, como en otras visitas papales, los noticieros
aprovecharían la ocasión para invitar a sus acostumbrados ‘asesores’
anticatólicos, para destilar amargura y veneno y no dejar pasar la
oportunidad de echarle tierra a la Iglesia.
El ramalazo nunca llegó. Me sorprendió
gratamente constatar que cadenas norteamericanas de noticias dieron ¡cobertura
continua! a la visita, y tanto conductores como reporteros expresaron
abiertamente su admiración por el Papa, y la fascinación de la gente.
¿Qué pasó
aquí?
No sólo
que el Papa Francisco sea el personaje
más conocido y popular del planeta. En ciudades que diario conviven con
celebridades del mundo político, artístico y deportivo, un famoso más, no haría
ninguna diferencia.
Entonces,
¿qué sucedió?
Como siempre, la Palabra de Dios
tiene la respuesta.
En la Misa en el Madison Square Garden, se
proclamó este texto, que lo explica todo: “El pueblo que caminaba en tinieblas,
ha visto una gran luz” (Is 9,1).
La gente
a la que entrevistaban en las calles y
en los eventos, creyentes y no creyentes, coincidía en afirmar: ‘el Papa
irradia luz’.
Qué
interesante que habitantes de ciudades
perennemente alumbradas por la luz de anuncios y pantallas, pequeñas y grandes,
supieron percibir que estaban siendo iluminados por otra clase de luz.
Es verdad
que el Papa resplandece, pero, hay que
decirlo, no con luz propia. El Papa es portador de la luz de Dios.
En su
mirada buena brilla la bondad divina; en su abrazo, nos sentimos acogidos por
el Padre; en su humildad y cercanía,
captamos la cercanía de Aquel que nos amó tanto, que se humilló haciéndose
hombre; en sus palabras habla el Espíritu Santo.
El Papa vino a irradiar la luz de Dios para
iluminar los rostros y alentarnos a mirar a los otros como hermanos; vino a
iluminar los rincones a donde descartamos a los más frágiles y olvidados, e
invitarnos a reintegrarlos; vino a iluminar la suciedad de nuestra casa, que es
la casa de todos, para exhortarnos a limpiarla; vino a iluminar las
tinieblas donde guardamos el egoísmo, el individualismo, el odio, la violencia,
y alentarnos a deshacernos de todo eso, y abrirnos al amor, a la fe, a la
esperanza.
Quiera Dios que la visita de Francisco no haya
sido como un relámpago, una pausa muy luminosa en una existencia que continúa a
oscuras, y que cuantos lo recibieron no queden atorados en la ‘papamanía’, en
calidad de ‘fans’, sino que mantengan encendida en sus corazones la luz que él
vino a traer, la de Aquel que dijo: “Yo soy la Luz del mundo; el que me siga no
caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).
Desde la fe ha preparado un número especial del Papa
Francisco en Estados Unidos. Puedes consultarlo en la siguiente liga:
http://www.desdelafe.com.mx/desdelafe/publications/DLF/DLF-971-2539/

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