de Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de las Casas
Obispo de San Cristóbal de las Casas
VER
El Presidente de la República acaba de enviar al Congreso dos iniciativas
de ley, para permitir que las uniones maritales entre personas del mismo sexo
sean reconocidas como “matrimonios
igualitarios, sin
discriminación por motivos de origen étnico, de discapacidades, de condición
social, de condiciones de salud, de religión, de género o preferencias sexuales”. Así lo informó en el Día Nacional de
Lucha contra la Homofobia, en la residencia oficial de Los Pinos, ante organizaciones que enarbolan la agenda
lésbico, gay, bisexual, trans e intersexual (LGBTI), que felices le
aplaudieron, como una conquista de sus luchas. 2357-59
Nuestra Iglesia siempre ha expresado, no sólo para los creyentes,
sino para toda la humanidad, independientemente de su religión y de su cultura,
que un verdadero matrimonio sólo se puede dar entre un hombre y una mujer que
se aman y que están abiertos a la generación de nuevas vidas. Esta convicción
está afianzada en nuestra fe, pero tiene un fundamento en la misma naturaleza
humana, pues, aun biológicamente, una relación genital, sexual, que sea
verdaderamente humana, no animal, adquiere su pleno sentido sólo estando
una mujer frente a un hombre. Otra cosa es la amistad, el cariño, la ayuda
mutua, la complementariedad, que son posibles y convenientes entre personas del
mismo sexo.
Sin embargo, nuestra misma fe nos invita a ser respetuosos con
quienes piensan y actúan en forma diferente, pues Dios respeta la libertad que
El mismo nos dio, aunque la usemos para equivocarnos. Dios nos hizo libres y
cada quien puede hacer lo que quiera con su libertad, aunque se perjudique. Si
alguien es feliz con una relación homosexual, allá su propia decisión, pero que
no le llamen “matrimonio”, por favor, pues la misma palabra tiene en su raíz la
maternidad, y un hombre no fecunda a otro hombre, ni una mujer a otra. Esto
no es homofobia; es una simple verdad de la naturaleza humana de todos los
tiempos y de todas las culturas.
PENSAR
El Papa Francisco, en su reciente Exhortación La alegría del amor, afirma: “En una sociedad en la que ya no se
advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón
y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y
por hacer posible la fecundidad, reconocemos la gran variedad de situaciones
familiares que pueden brindar cierta estabilidad, pero las uniones de hecho o
entre personas del mismo sexo, por ejemplo, no pueden equipararse sin más al
matrimonio. Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la
sociedad” (AL
52).
“No
existe ningún fundamento para asimilar o
establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia" (AL 251).
Sin embargo, nos invita a “evitar todo signo de discriminación
injusta, y particularmente cualquier forma de
agresión y violencia… Se debe tratar de asegurar un respetuoso acompañamiento,
con el fin de que aquellos que manifiestan una orientación sexual distinta
puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la
voluntad de Dios en su vida” (AL 250). Es algo que ya el Catecismo de la Iglesia Católica ya nos
había indicado, en el No. 258.
Y en cuanto a que la ley obligará a los funcionarios públicos acatar
la disposición de realizar esos “matrimonios igualitarios”, y si no lo hacen se
les juzgará por homofobia, el Papa Francisco, en una entrevista con el
periódico francés La
Croix, recuerda que
los funcionarios católicos no deberían estar obligados a celebrarlos: “Una vez que se aprueba una ley, el
Estado debería ser respetuoso de las conciencias. La objeción de conciencia
debe ser posible en todas las jurisdicciones legales, porque es un derecho humano”.Es
decir, si un juez, por su conciencia, se niega a realizar estos actos, debería
ser respetado y no castigado con retirarle el cargo, o con otras sanciones.
ACTUAR
¡Nada pues, de homofobia! Mucho respeto a quienes tienen
una orientación sexual diferente, sea por opción y gusto personal, sea por
consecuencias de su infancia familiar, o por modas del ambiente. Pero no
podemos dejar de anunciar lo que es propio de nuestra fe, ni dejar de denunciar
lo que perjudica a las personas y a la sociedad.

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