de Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán
El 15 de agosto
celebramos la Fiesta de la Asunción de la Virgen María: es un misterio glorioso
en el rezo del santo rosario, un canto de alegría y alabanza a María que es
elevada en cuerpo y alma al cielo, para estar junto a su Hijo Jesucristo, con
quien ella estuvo profundamente unida en la carne y en la fe. Por eso
ahora goza sin fin de Dios Trino y Uno.
No hay un texto explícito
y directo de la Sagrada Escritura que refiera este hecho, pero sí una serie de
textos que la Iglesia a través de los siglos ha relacionado de manera constante
y armónica en este sentido. Por ello no nos extraña que la fiesta haya arraigado
tanto en la religiosidad de nuestros pueblos.
Para nosotros, significa
un canto de anhelo y esperanza. Efectivamente, esta fiesta, como decimos en el
prefacio de la Misa, es “anticipo e imagen de la perfección que alcanzará la
Iglesia, garantía de consuelo y esperanza para tu pueblo, todavía peregrino
en la tierra”.
Celebrar esta fiesta nos
motiva y compromete en una doble perspectiva: a no buscar los placeres y
afectos desordenados, que nos llevan al pecado, sino los bienes eternos,
conforme a la verdad y la belleza de la creación realizada por Dios.
En familia conviene dialogar
y ayudarnos en ese doble propósito: seamos esposos, hijos, hermanos como
compañeros de camino en la renuncia a la maldad, a lo que nos degrada como
humanos, por ejemplo evitando bromas o burlas hirientes, dobles mensajes y
acciones con intención perversa; por otra parte, seamos apoyo mutuo en lo que
nos eleva en una verdadera humanidad que nos diviniza, al actuar con la verdad,
limpieza de corazón, generosidad sin límites, porque nos eleva con la Virgen
María a la meta gloriosa del cielo, junto a su Hijo Jesús, nuestro
Hermano.
¡Feliz
fiesta gloriosa de la Asunción de la Virgen María a los cielos!

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