En representación del Cardenal
Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, el Padre Julián López,
celebró en la Catedral de México, la Misa de Año Nuevo
Carlos Villa Roiz
“Al iniciar este 2015 deseamos que sea para todos nosotros un tiempo de
paz, pero no hay paz si no hay Dios, no hay paz si no hay la experiencia viva
de la relación con Dios, no hay paz si no aprendemos a pronunciar con devoción
y recogimiento el nombre de Dios y el nombre de María”, señaló el Padre Julián
López Amozurrutia, Canónigo Teólogo de la Catedral de México, durante la Misa
de Año Nuevo.
En representación del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo
Primado de México, el Padre Julián López dijo que “la santísima Virgen María es
reina de la paz porque su corazón inmaculado conservó siempre esa misma
disponibilidad para Dios.”
“María participa con su libertad en el plan de salvación, por ello, en
algún momento ha sido llamada corredentora, no porque ocupe el lugar de Cristo
sino porque con su participación es auténticamente un ejercicio de libertad
meritoria, que nos entrega al Salvador. Al ser Madre de Dios la podemos llamar
Madre nuestra”, y puntualizó que “Dios se hizo carne porque quiso estar en
medio de nosotros”.
Luego cuestionó: “porqué la guerra, porqué la violencia, porqué el desencuentro
entre los hermanos, porqué las absurdas agresiones a nuestros hermanos”.
Respondió: “porque hemos decidido no tener desde nuestra libertad, una relación
viva con Dios. Él entra en nuestra historia para enseñarnos que el ser humano,
para alcanzar su plenitud, necesita de Dios; que cuando decretamos hacer a un
lado a Dios de nuestro corazón, de nuestra familia, de nuestros espacios de
trabajo, de las escuelas, de la política, con la que buscamos el bien común, de
la sociedad y de las relaciones internacionales; cuando expulsamos a Dios del
nivel de lo humano, también estamos haciendo que lo humano se rebaje y
pierda luz.”
Finalmente, el Padre Julián López dijo que “tenemos la gran dicha de
iniciar este año celebrando la Eucaristía, tenemos la incomparable dignidad
como Iglesia de hacer presente a Cristo el hijo de María, mientras reconocemos
la grandeza de Él; hagámoslo con un corazón agradecido, con humildad pidámosle
a Dios que entrando también en nuestra vida se convierta en principio de
plenitud y de paz para nosotros, y hagamos extensiva esta súplica para nuestros
hermanos, nuestras familias, por toda la sociedad, la ciudad de México y todo
nuestro país.

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