La Santa
Sede
Es necesario intensificar los
esfuerzos para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva
disminución de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a
causa de guerras y carestías, que a menudo se concatenan unas a otras.
Queridos hermanos y hermanas:
Jesús es «el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona»
(Exhort. ap. Evangelii gaudium, 209). Su solicitud especial por los más
vulnerables y excluidos nos invita a todos a cuidar a las personas más frágiles
y a reconocer su rostro sufriente, sobre todo en las víctimas de las nuevas
formas de pobreza y esclavitud. El Señor dice: «Tuve hambre y me disteis de
comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve
desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a
verme» (Mt 25,35-36). Misión de la Iglesia, peregrina en la tierra y madre de
todos, es por tanto amar a Jesucristo, adorarlo y amarlo, especialmente en los
más pobres y desamparados; entre éstos, están ciertamente los emigrantes y los
refugiados, que intentan dejar atrás difíciles condiciones de vida y todo tipo
de peligros. Por eso, el lema de la Jornada Mundial del Emigrante y del
Refugiado de este año es: Una Iglesia sin fronteras, madre de todos.
En efecto, la Iglesia abre sus brazos para acoger a todos los pueblos,
sin discriminaciones y sin límites, y para anunciar a todos que «Dios es amor»
(1 Jn 4,8.16). Después de su muerte y resurrección, Jesús confió a sus
discípulos la misión de ser sus testigos y de proclamar el Evangelio de la
alegría y de la misericordia. Ellos, el día de Pentecostés, salieron del
Cenáculo con valentía y entusiasmo; la fuerza del Espíritu Santo venció sus
dudas y vacilaciones, e hizo que cada uno escuchase su anuncio en su propia
lengua; así desde el comienzo, la Iglesia es madre con el corazón abierto al
mundo entero, sin fronteras. Este mandato abarca una historia de dos milenios,
pero ya desde los primeros siglos el anuncio misionero hizo visible la
maternidad universal de la Iglesia, explicitada después en los escritos de los
Padres y retomada por el Concilio Ecuménico Vaticano II. Los Padres conciliares
hablaron de Ecclesia mater para explicar su naturaleza. Efectivamente, la
Iglesia engendra hijos e hijas y los incorpora y «los abraza con amor y
solicitud como suyos» (Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 14).
La Iglesia sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la
cultura de la acogida y de la solidaridad, según la cual nadie puede ser
considerado inútil, fuera de lugar o descartable. Si vive realmente su
maternidad, la comunidad cristiana alimenta, orienta e indica el camino,
acompaña con paciencia, se hace cercana con la oración y con las obras de
misericordia.
Todo esto adquiere hoy un significado especial. De hecho, en una época
de tan vastas migraciones, un gran número de personas deja sus lugares de
origen y emprende el arriesgado viaje de la esperanza, con el equipaje lleno de
deseos y de temores, a la búsqueda de condiciones de vida más humanas. No es
extraño, sin embargo, que estos movimientos migratorios susciten desconfianza y
rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las
circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas. Esos
recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y
solidaridad al extranjero necesitado.
Por una parte, oímos en el sagrario de la conciencia la llamada a tocar
la miseria humana y a poner en práctica el mandamiento del amor que Jesús nos
dejó cuando se identificó con el extranjero, con quien sufre, con cuantos son
víctimas inocentes de la violencia y la explotación. Por otra parte, sin
embargo, a causa de la debilidad de nuestra naturaleza, “sentimos la tentación
de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor”
(Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270).
La fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad permite reducir las
distancias que nos separan de los dramas humanos. Jesucristo espera siempre que
lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en los refugiados y en
los exiliados, y asimismo nos llama a compartir nuestros recursos, y en
ocasiones a renunciar a nuestro bienestar. Lo recordaba el Papa Pablo VI,
diciendo que «los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos
para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás» (Carta
ap. Octogesima adveniens, 14 mayo 1971, 23).
Por lo demás, el carácter multicultural de las sociedades actuales
invita a la Iglesia a asumir nuevos compromisos de solidaridad, de comunión y
de evangelización. Los movimientos migratorios, de hecho, requieren profundizar
y reforzar los valores necesarios para garantizar una convivencia armónica
entre las personas y las culturas. Para ello no basta la simple tolerancia, que
hace posible el respeto de la diversidad y da paso a diversas formas de
solidaridad entre las personas de procedencias y culturas diferentes. Aquí se
sitúa la vocación de la Iglesia a superar las fronteras y a favorecer «el paso
de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación a una
actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de
construir un mundo más justo y fraterno» (Mensaje para la Jornada Mundial del
Emigrante y del Refugiado 2014).
Sin embargo, los movimientos migratorios han asumido tales dimensiones
que sólo una colaboración sistemática y efectiva que implique a los Estados y a
las Organizaciones internacionales puede regularlos eficazmente y hacerles
frente. En efecto, las migraciones interpelan a todos, no sólo por las
dimensiones del fenómeno, sino también «por los problemas sociales, económicos,
políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos
que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional»
(Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 29 junio 2009, 62).
En la agenda internacional tienen lugar frecuentes debates sobre las
posibilidades, los métodos y las normativas para afrontar el fenómeno de las
migraciones. Hay organismos e instituciones, en el ámbito internacional,
nacional y local, que ponen su trabajo y sus energías al servicio de cuantos
emigran en busca de una vida mejor. A pesar de sus generosos y laudables
esfuerzos, es necesaria una acción más eficaz e incisiva, que se sirva de una
red universal de colaboración, fundada en la protección de la dignidad y
centralidad de la persona humana. De este modo, será más efectiva la lucha
contra el tráfico vergonzoso y delictivo de seres humanos, contra la
vulneración de los derechos fundamentales, contra cualquier forma de violencia,
vejación y esclavitud. Trabajar juntos requiere reciprocidad y sinergia,
disponibilidad y confianza, sabiendo que «ningún país puede afrontar por sí
solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en
este momento a todos los continentes en el doble movimiento de inmigración y
emigración» (Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado
2014).
A la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la
globalización de la caridad y de la cooperación, para que se humanicen las condiciones
de los emigrantes. Al mismo tiempo, es necesario intensificar los esfuerzos
para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva disminución
de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a causa de
guerras y carestías, que a menudo se concatenan unas a otras.
A la solidaridad con los emigrantes y los refugiados es preciso añadir
la voluntad y la creatividad necesarias para desarrollar mundialmente un orden
económico-financiero más justo y equitativo, junto con un mayor compromiso por
la paz, condición indispensable para un auténtico progreso.
Queridos emigrantes y refugiados, ocupáis un lugar especial en el
corazón de la Iglesia, y la ayudáis a tener un corazón más grande para
manifestar su maternidad con la entera familia humana. No perdáis la confianza
ni la esperanza. Miremos a la Sagrada Familia exiliada en Egipto: así como en
el corazón materno de la Virgen María y en el corazón solícito de san José se
mantuvo la confianza en Dios que nunca nos abandona, que no os falte esta misma
confianza en el Señor. Os encomiendo a su protección y os imparto de corazón la
Bendición Apostólica.

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