Desde la
fe
i México quiere transitar hacia
una verdadera democracia y no simulaciones de ésta, urgen las reformas legales
que impidan el oportunismo de los políticos chapulines que brincan de puesto
sin rendición de cuentas.
El Poder
Legislativo de la Unión reformó el sistema electoral para garantizar seguridad,
equidad, transparencia y austeridad en la vida de los partidos y los procesos
comiciales.
Hasta el
cansancio, durante esas discusiones, la sociedad fue persuadida de las bondades
del nuevo marco jurídico transformador de las instituciones, originando un
todopoderoso Instituto Nacional
Electoral que centralizó las competencias de las autoridades estatales
para impedir que gobernadores y otros actores indeseables afectaran la
equidad electoral, obligando a los Estados a adecuar sus legislaciones
respectivas.
Con las
precampañas comienzan a verse las limitaciones y lagunas del marco electoral. Y
es que, a fin de alcanzar un “güeso” y para seguir viviendo del presupuesto,
funcionarios locales y representantes populares comenzaron a brincar los
chapulines para asegurar su nombre en boletas electorales o listas de los
partidos para una curul en la Cámara de Diputados.
Resulta
indignante y escandaloso el caso de la Ciudad de México, donde diez de los
dieciséis jefes delegacionales -mostrando el mayor desprecio a la ciudadanía
que los eligió-, piden licencia para amarrar un asiento en la ALDF o la Cámara
de Diputados. En principio, los ambiciosos peticionarios de las licencias no
rinden cuentas claras de su gestión, no hay transparencia sobre su
administración y no hay auditorías creíbles de sus administraciones. Se van,
sin responder del manejo del poder y el dinero públicos conferido por la
soberanía del pueblo a través del voto.
Por otro
lado, los escándalos sobre los presuntos ilícitos cometidos por ediles y jefes
delegacionales demuestran el desprecio de las dirigencias partidistas por el
bien común y el orden público y dejan al descubierto que su único interés es
una especie de interés mafioso que consiste en beneficiar a sus allegados en
las diversas corrientes políticas que devoran la vida interna de los institutos
políticos y el dinero de los impuestos de los ciudadanos
Si México
quiere transitar hacia una verdadera democracia y no simulaciones de ésta,
urgen las reformas legales que impidan el oportunismo de los políticos
chapulines que brincan de puesto sin rendición de cuentas. De igual forma, es
imperativo acabar con los clanes y grupos que concentran el poder desmedido en
el seno de los partidos que, en la elección del 2018, podrían beneficiarse,
bajo mañas y argucias, de la reelección creando bloques consolidados por esa
figura para prolongarse en cargos opacos, ineficaces y, en el extremo,
encubridores de hechos delictivos, como fueron los cometidos por alcaldes que
fundaron imperios del crimen en sus municipios.
Bajo este panorama, el electorado formula preguntas
que deberían tener respuestas contundentes. ¿Cómo confiar en partidos y
candidatos cuya credibilidad va a la baja, actúan como mafias de poder y sólo
ven por intereses grupales y personales? ¿Cómo confiar en un sistema electoral
que no blinda la designación de precandidatos capaces y libres de cualquier
nexo perjudicial del bien común? ¿Cómo confiar en nuestra democracia?

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