La leyenda de la fundación
de Tenochtitlan señala que fue poblada por un grupo proveniente de Aztlán.
Los futuros mexicas
recibieron la orden de su dios guía, Huitzilopochtli,
para abandonar el lugar donde se encontraban e iniciar un peregrinar hasta
descubrir la señal que él les había prometido: un águila devorando una serpiente, mientras estaba posada
sobre un nopal.
Esa imagen sería el indicador de que habrían llegado el
sito en donde debían fundar una nueva ciudad y un nuevo imperio que estaría por
encima de los demás. De esta manera se convirtieron en un pueblo errante; hasta
que un día, al llegar a
los límites del lago de Texcoco, vieron la señal que tanto
esperaban justo en un islote en medio del lago, tal como Huitzilopochtli les
había indicado, y la migración concluyó.
Las características del sitio fueron fundamentales para
la supervivencia; su aislamiento natural concedía ventajas militares y económicas.
Las tierras y el agua ofrecían grandes beneficios para el pueblo; se convirtió
en una de las mayores ciudades de su época en todo el mundo y fue la cabeza de un poderoso estado que
dominó una gran parte de Mesoamérica.
Llegó a albergar a más
de 2 mil habitantes por kilómetro cuadrado; el diseño
geométrico de la ciudad abarcaba 3 kilómetros cuadrados. En ella se edificaron
más de 70 templos
majestuosos, la mayoría de ellos construidos sobre el lago.
Calzadas, avenidas y canales conectaban a la gran ciudad, donde el Templo Mayor (recinto
sagrado con templos dedicados a Tláloc, dios de la lluvia, y a Huitzilopochtli,
dios de la guerra y del sol) marcaba un lugar emblemático para la sociedad.

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