P. Juan Jesús Priego
El amor de la madre es tierno,
incondicional, cálido, y si no saliéramos nunca del nido, mejor para ella. ¡En
cambio el amor del padre!... Aquél es centrípeto; éste, centrífugo; aquél nos
quiere cerca para acariciarnos.
Tendría yo unos ocho o diez años
cuando mis padres, por primera vez, me llevaron al mar. “No te apartes mucho de
la orilla, hijo”, me rogaba mi madre, visiblemente angustiada. “Déjalo, yo
estaré siempre cerca de él”, respondía mi padre, que no tenía, ni tuvo nunca,
miedo al agua. Aquella vez regresé a casa muy rojo de la espalda a causa del
sol y la sal, pero también con unas ganas enormes de volver a la playa.
¿Cuándo sería esto? Sólo Dios podía saberlo.
¿Qué tiene el mar que nos asombra? Yo podría estarme
contemplándolo un día entero sin pestañear, en silencio absoluto. Me gusta el
rumor de sus olas, su misterio, y comprendo perfectamente el estupor que sintió
un amigo mío cuando, ya adulto, fue por primera vez al puerto de Tampico. Allí
le dijo quien lo había llevado allá: “Mira, Lino, eso es el mar”. El pobre
–hijo de la árida altiplanicie potosina– se quedó mirando a través de la
ventanilla del auto en el que iba, tragó saliva durante un rato y dijo por
fin: “¡Cuánta agua, cuánta agua!”.
A los once años me llevaron a un
río. Entonces me dijo mi padre: “Te enseñaré a nadar”. Acto seguido, me metió
en lo hondo y me mostró cómo había que hacer para aprender el arte de flotar;
pero al punto sucedió algo inesperado, y fue que al mirar que empezaba a tragar
agua, mi madre gritó suplicando que tuvieran piedad de mí y me dejaran en
paz. En efecto, me dejaron en paz, pero con el triste resultado de que nunca
aprendí a nadar. Hasta el día de hoy no sé cómo se hace. Y me digo a mí mismo:
“¿Por qué prestó atención mi padre a
aquellos gritos de terror? ¡Ah, debió haberlos ignorado!”.
A veces me da por pensar que si
Dios quiso que tuviéramos un padre, fue para que hubiera alguien en este mundo
que nos obligara, con la fuerza de su autoridad, a vencer nuestros miedos y
enfrentarnos al mundo verdadero. El amor de la madre es tierno, incondicional,
cálido, y si no saliéramos nunca del nido, mejor para ella. ¡En cambio el amor
del padre!... Aquél es centrípeto; éste, centrífugo; aquél nos quiere cerca
para acariciarnos; éste, lejos para que cumplamos con nuestros deberes; aquél
mima, pero éste exige. Y los dos son necesarios. Casi me atrevería a decir que
si no fuera por nuestro padre, que es por lo regular quien nos invita a medir
nuestras fuerzas interiores con los obstáculos del exterior, jamás aprenderíamos
a hacer nada de aquello que se aprende sólo al precio de arriesgar la vida.
¿Aprenderíamos, por ejemplo, a conducir? Lo dudo: ¡es tan peligroso manejar un
coche! Podríamos atropellar a alguien, chocar, volcarnos, o qué sé yo, y a
nuestra madre todo eso le causa mucho miedo. Pero el padre quiere que
aprendamos a hacerlo, y entre más pronto mejor. “Aunque tiembles –nos dice–, tienes que hacerlo”. Yo, por mi parte,
aprendí así: íbamos mi padre y yo por una carretera solitaria en plena noche
cuando de pronto frenó el auto hasta detenerlo, se bajó de él y me ordenó:
“Anda, ahora manéjalo tú”. Yo protestaba, decía que no, imploraba
misericordia, pero un padre, un padre verdadero, no se deja ablandar nunca con esta clase de ruegos. Mientras conducía, yo
iba tragando saliva, esa es la verdad, pero no creo que hubiese aprendido de
otra manera. ¡A veces nuestro padre no tiene otro remedio que ser un poco
cavernícola en sus métodos para que los hijos nos atrevamos a hacer lo que
tanto miedo nos da!
Cuenta George Steiner en La
barbarie de la ignorancia –un libro de preguntas y respuestas: un
libro-entrevista, en fin– que, cuando vino al mundo, lo hizo sin poder mover el
brazo y la mano derechos… Pero escuchemos aunque sólo sea un fragmento de lo
que el famoso humanista inglés confesó a Antoine Spire en aquella larga
conversación:
Antoine Spire: “Dice usted que nació minusválido de la mano y del brazo
derechos, y que cierta dosis de voluntarismo
de su padre… Porque hay un voluntarismo cultural y se necesita un asombroso
voluntarismo para forzarlo a escribir con la mano derecha minusválida. Creo que
le ataban la mano izquierda a la espalda, para obligarlo a escribir con la
derecha. ¡Sería incomprensible hoy día!”
George Steiner: “Pues verá: ¡lo
siento por hoy día! Una vez aprendido el hecho de que un pequeño hándicap es,
al contrario, un gran privilegio, es decir, una escuela de esperanza, una
escuela de la voluntad donde se califica cada progreso, el hecho de que para
atarse los lazos de los zapatos uno necesite un año de ejercicio (cuando ya
existían los cierres de cremallera)… es de eso precisamente de lo que estamos
hablando: o sea, en lugar de decirle al niño: ‘Pobrecito, te facilitaremos
las cosas’, se le dice: ‘¡Qué suerte tienes, te las haremos más difíciles!’…
Hoy, cuando todas las terapias son terapias de facilidad, creo que es mucho más
difícil crecer con alegría… En mi padre no había nada de sádico ni de
siniestro, al contrario: cuando llega el éxito es una risotada de alegría”.
¡Dios mío, qué métodos tan
jurásicos y pleistocénicos! Y, sin embargo, a veces funcionan bastante bien. Si
su padre se hubiera apiadado de él, George Steiner jamás habría puesto a
utilizar su mano paralizada, y tal vez hasta se hubiera pasado la vida
lamentándose de su triste suerte. Pero, para su fortuna, tuvo un padre, un
padre que le ataba la mano izquierda para obligarlo a ejercitar la otra,
aquella con la que ha escrito esa cantidad enorme de libros imprescindibles que
conocemos. ¿Un método demasiado cavernícola? Júzguelo el lector.
Por mi parte, no puedo sino dar a
Dios las más sinceras gracias por habernos dado un padre que nos incite a hacer
aquello a lo que nunca nos hubiéramos atrevido por miedo, por pereza o por lo
que sea. Dios es sabio y quiso que tuviéramos un padre. Por algo
será.
Pero el padre, para cumplir su
función, tiene que ser realmente un padre, y no una madre. Porque si el padre
se volviera maternal, ¿qué sería de nosotros? ¡Dios mío, no quiero ni pensarlo!

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