“Ser naco es chido”
P. Óscar Arias Bravo
Me quedo con el Dios que prefiere
la compañía de los “nacos”, de aquellos que son mal vistos por pecadores o
incultos, de aquellos que no saben sino trabajar y equivocarse repetidamente
Lectura del Santo Evangelio
En aquel
tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del
fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando
supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco
de alabastro con perfume, fue y se puso
detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas le bañaba los pies, los
enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume. Viendo esto, el
fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera
profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una
pecadora”.
Entonces Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que
decirte”. El fariseo contestó: “Dímelo, Maestro”. Él le dijo: “Dos hombres le
debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro
cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos.
¿Cuál de ellos lo amará más?” Simón le respondió: “Supongo que aquel a quien le
perdonó más”. Entonces Jesús le dijo: “Has juzgado bien”.
Luego,
señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú
no me ofreciste agua para los pies,
mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con
sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que
entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza;
ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo:
sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho.
En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Luego le dijo a la mujer: “Tus
pecados te han quedado perdonados”. Los invitados empezaron a preguntarse a
sí mismos: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Jesús le dijo a la
mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.
Después
de esto, Jesús comenzó a recorrer
ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban
los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y
curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de
la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de
Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.
Palabra del Señor. (Lc. 7,36-8,3)
“Ser naco es chido”
Meditatio
El
Evangelio que escuchamos este domingo lo
tomamos del más largo de los evangelios, el de Lucas; casi al final de la
sección del anuncio del Reino de Dios y antes de su largo camino hacia
Jerusalén, leemos el pasaje donde los protagonistas son Jesús, la mujer
pecadora y el fariseo.
Centremos
ahora nuestra atención en la actitud tan
diversa que tienen los dos, delante de Jesús: el anfitrión, Simón, uno de los
fariseos, quien ofrece la comida pero no dio agua para los pies, no dio el beso
de bienvenida ni ungió con aceite. Mientras que la mujer pecadora, baña los
pies con sus lágrimas, no deja de besarlos desde que entró y los ha llenado
de perfume.
El abrazo
y el beso eran parte de la hospitalidad
que se ofrecía a un invitado, un deber muy importante del anfitrión; también
son signos de paz y de amistad profunda, hacerlo con los pies denota además
un signo de humildad y veneración.
Contemplatio
Podríamos
contemplar la escena donde Simón –el varón dueño de la casa y quien ofrecía la
comida–, en lugar de estar contento con
la distinción que había realizado Jesús al visitarle, más bien se la pasa
criticándolo y poniendo en tela de juicio su mesianismo, comentando con los
amigos su desprecio por Éste, a quien no acreditaba como profeta.
Por el
otro lado, tenemos, junto a Jesús, a sus
pies, a una pecadora de aquella ciudad, que no deja de tener gestos de humilde
reconocimiento por Aquél, de quien seguramente escuchó que perdonaba los
pecados, y ayudaba a comenzar una vida nueva.
Del fariseo, sólo supimos que ofreció la
comida, pero nada más, en cambio, de aquella mujer supimos que Jesús le
perdonó sus pecados y le mandó a su casa en paz.
En mi vida, como sacerdote, he visto a muchos
“fariseos” que más que estar arrepentidos, van a quejarse de Dios por distintas
cosas, que van a cuestionarse si Dios existe y si la Iglesia católica está en
tiempos de crisis o en un inminente deterioro. Pero también he visto a muchas
pecadoras y pecadores que al ir a confesarse, sólo les alcanzó la voz para
llegar y decir que se arrepentían, y luego rompieron a llorar; a muchas de
ellas, les he tenido que esperar a que puedan respirar por el contenido dolor
que dejan ahora fluir delante de un reclinatorio y del perdón de Dios.
En una
ocasión, fui a comer a una casa con personas que colaboraban en la parroquia,
pero la plática aquella vez se volvió
demasiado incómoda para mí, ya que el tema que giraba en la mesa era el
problema de la migración mexicana a Estados Unidos. Algunos decían que quienes
se iban para allá eran puros “nacos”. Al ver la cara de las personas que
servían la mesa, me di cuenta que esa conversación les estaba resultando
ofensiva y no decían nada porque estaban realizando su trabajo de atendernos.
No pude hacer más que levantarme de aquél banquete y regresar sumamente
indignado a la parroquia. Seguramente, a Jesús le pasó algo muy similar en
la comida a la que asistió en aquella ocasión: prefirió dedicarle su atención a
aquella mujer, pecadora, arrepentida, tal vez en palabras modernas “naca”,
antes que al fariseo que le ofrecía aquel festejo, que seguramente pensaba que
el problema de Israel eran los pecadores, como aquella mujer a quien, según él,
Jesús no podía identificar.
Me quedo con el Dios que prefiere la compañía de los
“nacos”, de aquellos que son mal vistos por pecadores o incultos, de aquellos
que no saben sino trabajar y equivocarse repetidamente, pero delante de Dios lo
reconocen y lo adoran humildemente. Me cuesta quedarme al lado de quienes se
creen que todo lo merecen y que Dios les debe muchas cosas por su preparación o
por sus buenas obras; me quedo con el Dios de los “nacos” que gusta de su
compañía cuando se arrepienten.
Oratio
Señor Jesús, "es muy chido
estar contigo!"
Actio
Esta semana repitamos la frase:
"ser naco es chido".

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