¿Por qué la Iglesia se opone a la iniciativa del
Presidente Enrique Peña Nieto que promueve las uniones homosexuales?
DLF Redacción
Es por ello que la Iglesia, fiel
a su llamado a ser luz del mundo, debe hacer oír su voz, como pide san Pablo,
“con toda paciencia y doctrina” (2Tim 4, 2), y dejar claro que, como a todos
sus hijos.
Un barco transatlántico que navega en medio de una
noche oscura, de pronto avista a lo lejos una luz que parece avanzar directo
hacia él. El capitán envía de inmediato un mensaje: ‘Están en ruta de colisión
con nuestra nave, cambien de rumbo’. Le contestan: ‘No. Más bien ustedes deben
cambiar su rumbo’. El capitán vuelve a insistir, los otros también. Luego de
intercambiar varios mensajes en los que nadie cede, el capitán, exasperado,
escribe ‘Estoy transmitiendo desde el buque de su majestad, ¡les ordeno que
cambien de rumbo!’. Le contestan: ‘¡Cambie usted de rumbo! Nosotros estamos
transmitiendo desde el faro del puerto...’
Da risa esta anécdota, pero plantea algo muy
cierto: lo que está sólidamente asentado no puede moverse, hacerse para
otro lado, cambiar.
La Iglesia es como ese faro del
puerto.
Está firmemente cimentada sobre la piedra
angular que es Cristo.
En estos tiempos en los que surgen tantas
voces, tantas modas, tantas propuestas que se contradicen unas a otras, la
Iglesia es ese faro del puerto que se mantiene firme, lanzando un haz de luz que
ilumina a quienes están navegando a oscuras por un mar de confusión, azotados
por toda clase de olas y tempestades; los libra de naufragar, y los ayuda a
llegar a tierra firme.
Hay quien
se queja de que la Iglesia no se pone al
día, no ‘moderniza’ su pensamiento, no es ‘democrática’, no se deja regir por
las encuestas como otras iglesias. Es que la Iglesia Católica no se manda sola.
Es depositaria del tesoro de la fe que le encomendó el que la fundó: Cristo, y
debe mantenerse fiel a Él, a nadie más. No está para darle gusto a las masas,
no es política ni agente de relaciones públicas, no busca caer o quedar bien,
es Madre y es Maestra, lo que le interesa es acoger y encaminar amorosamente a
todos sus hijos a la salvación, y si para eso hace falta exhortarlos, los
exhorta, y si hace falta decirles para su bien algo que no les guste oír, se
los dice.
La
Iglesia no teme hablar con la verdad,
aunque ya sabe que, como dice el dicho, ‘las verdades no pecan, pero
incomodan’, y en ciertos casos no sólo incomodan, sino enfurecen. Ni modo.
Recibió la misión de ser profeta de Aquél que dijo: “Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida” (Jn 14,6), aunque lo que diga no sea lo ‘políticamente
correcto’ y sea tomado a mal por mucha gente.
Es el caso de su rotunda oposición
al llamado ‘matrimonio gay’.
¿Por qué no lo aprueba, si hay
tantos que exigen que lo haga?
No es,
como algunos medios de comunicación han
planteado, ni por un conservadurismo que la hace aferrarse neciamente a
tradiciones arcaicas, ni porque odie a los homosexuales.
Lo que la Iglesia propone tiene siempre dos
razones: ser fiel a lo que dice la Palabra de Dios, y buscar lo que pueda
ayudar al ser humano a ser verdaderamente libre, pleno, feliz, encaminándolo
a su salvación.
Con base
en estos dos criterios, la Iglesia ve
con preocupación cómo desde hace años se ha puesto en marcha un programa cuidadosamente
diseñado para cambiar la mentalidad de la gente en relación con la
homosexualidad.
La OMS le quitó el status de enfermedad
psiquiátrica; los medios de comunicación han presentado mesas redondas,
entrevistas con intelectuales y políticos que apoyan la homosexualidad; casi no
hay película o serie de televisión en la que no haya alguna pareja de
homosexuales muy agradable. Se buscó un nombre sugestivo (gay en inglés
significa ‘alegre’), un símbolo que tuviera connotaciones positivas (el
arco iris), y así, en poco tiempo se fue llegando a lo que se vive hoy: que
mucha gente aprueba y defiende una conducta que antes instintivamente
rechazaba, y no tolera y curiosamente tilda de ‘intolerante’ al que no piensa
igual.
Es por
ello que la Iglesia, fiel a su llamado a
ser luz del mundo, debe hacer oír su voz, como pide san Pablo, “con toda
paciencia y doctrina” (2Tim 4, 2), y dejar claro que, como a todos sus hijos,
ella acoge y ama a los homosexuales, pero precisamente porque los ama y busca
su verdadero bien, no puede aprobar el ‘matrimonio gay’. (Continuará).

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