SIAME
En la Misa, el Arzobispo de México recordó que
defender nuestra fe y nuestros principios, como el matrimonio natural entre un
hombre y una mujer, o el derecho de los niños, no es odiar, ni discriminar, ni
perseguir a nadie, usar el lenguaje de la Sagrada Escritura para llamar mal al
mal y pecado al pecado no es un lenguaje de odio.
Es
necesario e interesante hacer vivo y actual el diálogo que Jesús tuvo con sus
discípulos hace veinte siglos. Lanzados como reporteros podríamos recoger
muchas respuestas a la pregunta de
Cristo: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Para ser honestos
deberíamos hacer un reportaje completo y decirle a Jesús la gran variedad de
opiniones que hay sobre su persona y no sólo reflejarle una opinión, por cierta
que esta sea. La personalidad de Jesús es compleja, muy rica, y no podemos
reportear un sólo rasgo, por ejemplo el de la violencia, hoy tan de moda,
porque eso sería mutilarlo. A juzgar por ciertos pasajes que nos han conservado
los evangelios, como cuando echa a los vendedores del templo o reprocha la
hipocresía de los fariseos, la gente podría pensar que Jesús es violento, pero
sería caricaturesco y falto a la verdad presentarlo como un líder de la
violencia.
Siempre
que Jesús emplea la violencia, lo hace,
no contra las personas, sino contra las miserias que rebajan a esas personas,
para conseguir su bien. Como el maestro que reprende al alumno indisciplinado,
no con ánimo de humillarle, sino de formarle. Como la madre que es exigente con
sus hijos, no para hacerles mal, sino precisamente porque los quiere y quiere
su crecimiento. Jesús no habla ni actúa contra los ricos, los vendedores o los
fariseos, movido por el odio o el rencor, sino por el amor que les tiene y
buscando su salvación.
Si
queremos dar una respuesta adecuada a la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la
gente que soy yo?” tenemos que aceptar
que Jesucristo no es catalogable o definible con una sola etiqueta o con un
solo título por importante que este sea. Si decimos que para algunos Jesús es
el profeta del Reino de Dios, tendremos que añadir que para otros es el
legislador de la nueva alianza. Si algunos lo consideran como un maestro, hay
que clarificar que no es un maestro entre otros muchos, sino, “el Maestro”. Si
sus seguidores lo reconocen como Mesías o Cristo, hay que entender esto no con
el esquema mental de sus contemporáneos, sino con la originalidad con la que él
realizó esta misión. Si en algunos ambientes se le reconoce como un filósofo
con una doctrina excepcional, hay que decir que los que lo escucharon reconocieron
en él mas bien a un pastor práctico que supo encarnar la buena nueva en la vida
de todos los días. Si alguien le reconoce cualidades de sociólogo religioso,
tendremos que completar diciendo que fue un reformador del hombre. Si para
algunos fue un líder político, debemos añadir que es líder porque es capaz de
convertir el corazón del hombre, donde se fraguan todos los egoísmos y los
altruismos, que luego repercuten en las estructuras sociales.
Si es
fascinante investigar quién dice la gente que es Cristo, mucho más trascendente
es responder a la segunda pregunta que hoy ha hecho Jesús a sus discípulos: “Y
ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro, a nombre de los demás discípulos, a
nombre de toda la Iglesia, dio una respuesta:
“Tú eres el Mesías de Dios”. Pero esta respuesta de Pedro no nos dispensa de
dar nuestra respuesta personal, ya que nuestra fe ciertamente tiene un aspecto
social o comunitario, pero también tiene un aspecto individual o personal.
En esta
respuesta personal que debemos darle a Cristo ojalá y no nos perdamos en el mosaico multicolor de su riqueza infinita,
quedándonos en los detalles, en lo accidental. Para no errar en la respuesta
veamos qué es lo que explica todo en su vida, veamos cuál es la característica
de todo su ser y actuar y descubriremos lo mismo que sus discípulos
descubrieron: que Jesús es Amor. Porque tanto amó Dios al mundo que nos envió a
su propio Hijo. Porque Jesús tanto amó a los suyos que los amó hasta el
extremo. Porque incluso cuando Jesús saca el látigo de sus palabras enérgicas,
lo hace con la intención bienhechora de quien desea no herir, sino curar. Este
es el Cristo verdadero: el que vino a traer fuego a la tierra, no como un
coctel molotov para lanzarlo contra los demás, sino el amor de su corazón para
que prendiera en nosotros sus discípulos y lo contagiáramos a todos los
hombres. Por eso quiso dejar como foto final de su vida un corazón
traspasado por la lanza, para que en él encontráramos el secreto de su
personalidad.
Nadie que
lea con atención los evangelios puede pasar por alto que Jesús tiene como
centro de su vida a su Padre, hasta tal
punto, que llega a reprender a Felipe cuando le pide que les muestre al Padre
de quien tanto habla: “Felipe el que me ve a mí, ve al Padre”. La conciencia de
la presencia del Padre es tan profunda en Jesús que llega a exclamar que “el
Padre está en mi”, “el Padre y yo somos una misma cosa”. Por esto pasaba las
noches enteras en diálogo con su Padre y exclamaba que su alimento era hacer la
voluntad de su Padre que lo envió. San Mateo nos ha dejado una página
hermosísima de esta relación de Jesús con su Padre: “Yo te bendigo, Padre mío,
Señor del cielo y de la tierra: porque has ocultado estas cosas a los sabios y
entendidos, y las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí Padre mío, porque
así te ha parecido bien. Todas las cosas me las ha entregado mi Padre, y nadie
conoce al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie al Padre sino el Hijo, y aquel a
quien el Hijo se lo revelare”. Cuando lleguemos a descubrir a Jesucristo como
el Hijo de Dios, descubriremos la gran novedad del Cristianismo y descubriremos
nuestra grandeza y el porqué podemos llamar a Dios, “Padre nuestro”. Ojalá
un día podamos darle una respuesta diciéndole con convicción personal: “tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.
Y ya que
nos hemos asomado a la relación que hay entre Cristo y su Padre y nuestro Padre
Celestial, descendamos a descubrir y a
valorar la paternidad humana, en este día en que la sociedad celebra el día del
padre. Trasmitir la vida humana es participar del poder creador de Dios.
Engendrar a un hijo o a una hija es un acto sublime, misterioso y trascendente,
por el cual se trae a este mundo a una persona nueva, singular, única e
irrepetible, la cual debe ser acompañada en su crecimiento con amor y
responsabilidad. Agradezcamos a Dios la vida que nos ha dado a través de
nuestros padres, y agradezcamos también a nuestros papás el amor y el cariño
que nos han dado, agradezcamos todos los trabajos y sacrificios que han
hecho para hacernos crecer y correspondamos con obras concretas al cariño que
de ellos hemos recibido.
El
domingo pasado, un servidor y nuestra
Arquidiócesis de México fuimos los primeros en emitir un comunicado en el que
de manera firme condenamos el demencial atentado cometido en Orlando donde
perdieron la vida 50 personas inocentes, seguimos orando y lo seguiremos
haciendo por el eterno descanso de las víctimas, por la recuperación de los
heridos y por el consuelo para sus familias.
Reitero
que la fe en Jesús nos invita a dar la vida, incluso a ofrendarla en el
martirio, pero jamás a quitarla a nadie, Jesús denunció y nos llama a denunciar
el pecado, pero nunca a odiar a los pecadores, incluso, el Señor nos dice que si queremos ser perfectos, debemos
amar a los que nos odian, a no devolver mal por mal, a amar a nuestros enemigos
y a rezar por ellos. Defender nuestra fe y nuestros principios, como el
matrimonio natural entre un hombre y una mujer, o el derecho de los niños, no
es odiar, ni discriminar, ni perseguir a nadie, usar el lenguaje de la Sagrada
Escritura para llamar mal al mal y pecado al pecado no es un lenguaje de odio,
pues si realmente amamos a alguien tenemos que decirle la verdad, nadie ama
realmente disimulando la verdad y usando la mentira. No debemos olvidar que
todos somos hijos de Dios, que tenemos una dignidad única, la Iglesia no odia a
nadie, la Iglesia tiene innumerables enemigos, pero ella no es enemiga de
nadie, y la voluntad de la Iglesia no es la de condenar a nadie, sino que es la
misma de Jesús, que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad.
Quiero
honrar la memoria de mi amigo, recién
fallecido, el Filósofo de Güemes, cito: “Lo que no es parejo es Chipotudo”.
Versión de lo que dijo otro más amigo de los dos, Jesucristo: “No hagas a otros
lo que no quieras que te hagan a ti”. No pidamos, exijamos, el respeto y la
tolerancia que con todo derecho los demás nos piden y exigen.

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