P. Juan Jesús Priego
La ignorancia campea por las
aulas de la escuela posmoderna con una libertad soberana, o como Juan por su
casa.
Como
–según dice una vieja canción de Cyndi Lauper– las chicas sólo quieren
divertirse, y los chicos también, la
escuela posmoderna, adaptándose a este afán de diversión general, se ha vuelto
más dulzona que nunca. En ella, hoy, las palabras «disciplina», «rigor»,
«responsabilidad», etcétera, ya no quieren decir nada. Como afirmó de ellas
alguien una vez, «se trata de viejos resabios de los tiempos
antipedagógicos».
Hace poco
conocí a una maestra que fue demandada
ante no sé qué instancia superior por haberse atrevido a llamar la atención en
público a una de sus alumnas. «¿Cómo se atreve esa maldita arpía a ridiculizar
así a mi hija sólo por no haber hecho la tarea?», dijo la madre sumamente
indignada al director del plantel. Luego añadió que se sentía preocupada por
los ulteriores traumas que semejante trato podría desencadenar en la psique
de su pequeña. Prohibido prohibir, prohibido exigir, prohibido premiar a los
mejores para no indignar a los peores.
Los
maestros, hoy, ya no saben qué hacer.
Están desesperados. Si amonestan, se exponen a una demanda; si no amonestan, se
exponen a que el grupo haga lo que le venga en gana. Los alumnos se han vuelto
demasiado susceptibles, demasiado conscientes de sus derechos, y demasiado
inconscientes de sus deberes. Ahora bien, como nadie les pide nada –pues los
exigentes podrían meterse en serios problemas con las autoridades civiles o
académicas–, la ignorancia campea por las aulas de la escuela posmoderna con
una libertad soberana, o como Juan por su casa.
Un famoso
diario norteamericano publicó el 11 de
julio de 1996 la siguiente noticia: «El 50 por ciento de los estudiantes de
secundaria del Estado de California no supieron responder a la pregunta: ¿Cuál
de los siguientes cuatro es un país árabe: México, India, Egipto o Israel?’ ¡Y
pensar que México es el vecino del Sur! Pues bien, la mitad de los 2 000
muchachos encuestados no lo sabía; la pregunta, por decirlo así, los tomaba por
sorpresa.
En 1979,
la periodista española Rosa Montero –hoy
novelista de gran éxito– se quejaba así en sus Crónicas bostonianas: «Una
estudiante hispanista de la Universidad de Wellesley llamada Nancy Schena
realizó una encuesta entre colegiales de primera y segunda enseñanza, de diez a
dieciocho años. El objetivo de su estudio era investigar los conocimientos de
los jóvenes sobre Latinoamérica, y el resultado fue lo que se dice
espeluznante. Los encuestados, incluyendo a los de mayor edad, apenas si
eran capaces de nombrar algún país de Sudamérica. Algunos citaron Vietnam o
Camboya como naciones centroamericanas».
En 1997,
el senador demócrata Bill Bradley,
famoso por sus opiniones liberales, se quejaba de la educación norteamericana
en los siguientes términos: «¿Queréis escuchar una noticia espeluznante y
fastidiosa? El 95 por ciento de nuestros estudiantes no es capaz de localizar
Vietnam en un atlas geográfico. Creo que ha llegado el momento de
preocuparnos seriamente». Vietnam, no hay que olvidarlo, es el lugar en el que
miles de jóvenes norteamericanos de la
generación anterior habían perdido la vida peleando una guerra inútil. Acaso
aquellos muertos eran sus padres o sus tíos; pues bien, a los estudiantes
norteamericanos de 1997 Vietman y sus inmediaciones les importaban un
pepino.
En 1983,
un reporte del Departamento de Educación
de Estados Unidos, cuyo título era Una nación en riesgo, hablaba ya de «una
oleada de mediocridad» que se había ido apoderando poco a poco de casi todas
las escuelas del país: «Por primera vez en la historia –decía el informe– el
nivel educativo de una generación no igualará y ni siquiera se aproximará al
nivel alcanzado por sus padres... Esta generación se quedará sin saber
cosas importantísimas que debería conocer».
Una
última cita, ahora del novelista Saul
Bellow (1915-2005), premio Nóbel de literatura y desilusionado incurable del
rumbo que han ido tomado las cosas en materia de educación: «Es un tormento
–dijo poco antes de morir– observar a los jóvenes, porque se comprende que no
son capaces de hacer estimulante su propia existencia: les falta ambición y fe
en un modelo superior. Están en casa solos, frente al televisor, con una
charola de comida congelada. En Estados Unidos se crece sin saber escribir
correctamente, se desconoce la propia lengua, no se tiene sentido crítico, no
se lee y se vive en la esfera pública sólo porque ya no existe el núcleo
familiar».
«¡Pero se
trata aquí únicamente de los Estados
Unidos!», dirá quizá más de un lector. ¡Como si los Estados Unidos no
fueran, en cierto modo, el termómetro del mundo!
Sí, la
canción decía la verdad: las chicas sólo
quieren divertirse, y los chicos también. Obsérvelos usted en la escuela: no
están en ella; andan más bien en otro mundo. ¿En qué mundo? Eso es lo
quisiera yo saber.
Una vez,
en clase, pedí a mis alumnos que leyeran
en un cierto libro veinte páginas: de la 30 a la 50. Protestas generales.
«¿Tantas?», preguntaban sin poder reprimir el bostezo. «¿Y para qué leer?
¡Oh, es demasiado!».
Recuerdo
que, en cierta ocasión, uno de mis
profesores en el Seminario, el padre David Palomo, vio que un compañero leía
con interés un libro de pastas amarillas; lleno de curiosidad, le pidió que le
mostrara el título: se trataba de un método de inglés sin esfuerzo que prometía
enseñar la lengua de Chesterton en pocos días. El padre Palomo se esbozó una
sonrisa y dijo a mi compañero en tono serio: «¿Inglés sin esfuerzo? Tenga
cuidado, joven, porque puede quedarse usted incluso sin inglés».
Bien, con estas palabras se ha
dicho todo. ¿Considera usted necesario decir más?

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