P. Julián López Amozurrutia
Es una tradición de Viernes Santo
que suele realizarse después del mediodía, y que consiste en reflexionar sobre
las siete frases que Jesús pronunció en la cruz durante su dolorosa agonía
1 “Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen”(Lc 23,34).
Perdón.
Desde el dolor inenarrable de su amor, Cristo pide perdón. Su voz se eleva al
Padre. ¿Acaso podía ir a otro lado? De Él venía. A Él volvía. El círculo
completo de su presencia en el mundo tiene su broche en la Cruz. Todo el camino
miraba a entregarnos el perdón divino. Ahora lo suplica. Pide perdón por
nosotros. El corazón no se agota. Mira al Padre y mira al hombre. Y Él, que sí
sabe lo que hacemos, que sí puede experimentar el dolor del error y del fracaso
humano, que capta como nadie la fractura terrible entre Dios y el hombre, la
repara con un murmullo apenas perceptible. Padre, perdónanos. Te lo imploramos
desde la Cruz, a la que hemos quedado asociados por el Bautismo. La Cruz de tu
misericordia, que nos selló como pertenencia de tu Hijo amado. Y como el Señor,
nos atrevemos también a pedir perdón por los que a nuestro lado te ofenden.
Jesús no pedía perdón por sí mismo, pues en Él no había mancha alguna. Pero
pidió perdón por nosotros. Nosotros pedimos perdón por nosotros, y también nos
solidarizamos con la humanidad, necesitada de redención. Nos unimos a la voz
del Hijo que desde el corazón del mundo suplica: Padre, perdona a la humanidad.
2 “Yo te aseguro: hoy estarás
conmigo en el Paraíso”(Lc 23,43).
La
promesa. Después de una cadena de rechazos, que como un látigo crudelísimo
laceraba su carne, una voz exangüe emite la tardía confesión de fe. “Acuérdate
de mí cuando vengas en tu Reino”. Para la misericordia divina, nunca es
demasiado tarde. Cuando todos han descartado al desgraciado, y el juicio
implacable del mundo ha cumplido ya su sentencia, el pasado desaparece para no
quedar más que un “hoy” que será también el futuro inagotable, la eternidad. La
sentencia del cielo es inversa. Ante la Cruz de Cristo, en la cruz de la propia
responsabilidad, una plegaria humilde funde dos cruces en un abrazo redentor.
Sólo se recordará el pasado en cuanto ha sido transfigurado por el amor. Las
heridas contusas del pecado se convierten en nudos de luz. El Paraíso es el
único horizonte. Jesús, nuestra situación es de una oscuridad densa y sin
esperanza. Acuérdate de nosotros. Acuérdate de mí. ¡Venga tu Reino, ven en tu
Reino y acuérdate de mí!
3 “Mujer, ahí tienes a tu hijo.
[...] Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27).
Un gesto
de ternura. Misericordia que no necesita justificarse. Ante la madre, nunca
hace falta justificarse. Ante el discípulo amado, ante el amigo, tampoco.
Dichosos los pechos que te amamantaron. Dichoso el que cumple la voluntad de
Dios. La nueva familia se estrecha al pie de la Cruz, donde el dolor no se
esconde, pero enjuga las lágrimas con el más delicado cariño. Quiéranse. Ya no
estaré yo entre ustedes, pero en su amor perseverante me encontrarán. Cuídense
mutuamente. Háganse cargo uno del otro, y a la vez de toda la Iglesia. En su casa,
la Casa se dibuja como aprecio cotidiano. La Iglesia, el cielo y la familia son
lo mismo. Se lo encomiendo. No falte nunca la caricia, la sonrisa, el apoyo.
Todo sufrimiento se trasciende en un solo instante en el que se cruzan las
miradas, y en ellas fulgura la caridad. Nada se acaba. Todo está empezando.
4 “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué
me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).
Una
confesión. Dura. La más dura del Evangelio. Que nunca entenderemos ni
experimentaremos como Él. Y para que no haya duda, la testimonian dos
evangelistas. Habla al Padre, lanzando al infinito el dardo incomprensible del
corazón desgarrado. No podemos medir el infinito. Pero sabemos que un abandono
infinito le sacude el alma. ¿Cómo es posible? Porque el abismo infinito de su
perdón es mayor que el equilibrio del cosmos. Porque sólo su amor eleva
exponencialmente al infinito la ofrenda de un dolor humano. De un dolor
infinito. Y entonces la unidad se reconstruye sacrificando a Dios. Inmolación
cuya lógica sólo vislumbramos cuando amamos. Cuando sabemos, ante el ser amado,
que no escatimaríamos nada por su bien. Que busca la unidad a toda costa. La
unión acontece como libertad de absoluta generosidad. El Padre no escatima a su
Hijo, al Hijo amado. ¿Cuánto nos ama a nosotros, ingratos tiranos del egoísmo?
Para abrirnos un espacio en el seno divino, la Trinidad se desgarra.
Misericordia absoluta. En ese silencio, en esa oscuridad, en esa noche, cabemos
nosotros. La soledad de un corazón es garantía de la compañía eterna. No lo podemos
entender. Escuchamos y callamos.
5 “Tengo sed” (Jn 19,28).
El
anhelo. Anhelo acuciante. Sed. La de la cierva que busca corrientes de agua. La
del místico que intuye en la noche la gracia. La del ser humano que ha visto
resquebrajarse por la sequedad la tierra de sus deseos. Dios nos enseña a no
rendirnos, precisamente ahí donde parecería que ya no hay nada que esperar.
¿Para qué suplicar por agua cuando se está en el precipicio de la muerte?
¿Tiene acaso sentido entonces suplicar aún? Y, sin embargo, Cristo lo hace. Y
con Él, la humanidad fatigada. Que en realidad no se rinde. No se rinde nunca.
Más aún, al borde del fracaso se desencadena el caudal inconmensurable a punto
de estallar. Brotará de su corazón, el torrente de agua viva prometida. El
mismo Jesús deseaba que llegara la hora, la hora de la Cruz, para que su sed se
convirtiera en manantial. El milagro de la misericordia ocurre entonces. Yo
también tengo sed. Siempre he tenido sed. He visto aguas colosales, pero
siempre me desborda su visión. Un sorbo de paz. Sólo eso suplicamos hoy. Un
sorbo de paz. Y que encuentre su propio espacio en la sed inmensa del Hijo de
Dios.
6 “Todo está cumplido” (Jn
19,30).
Amanece.
Despunta el día. Sólo desde la Cruz se alcanza a ver. Es el puesto del vigía,
el vigía de la humanidad. El barco aún no recibe la noticia, pero el vigilante
la conoce ya. Ha triunfado el amor. La misericordia ha decretado su juicio.
Nada es imposible ahora para el que ama en la verdad, para el que adora en
Espíritu, para el que se signa con la Cruz. El Amén de Dios es al mismo tiempo
el Amén del hombre. Se ha sellado el pacto, el pacto último. Se ha pronunciado
la última palabra. Que no será la última, sino la primera. No hay un solo hilo
que se haya corrido hacia el absurdo. Misteriosamente todo se integra hacia la
vida. El “hágase” del Génesis coincide con el “ven pronto” del Apocalipsis.
Todo se ha cumplido. María dijo en la cúspide de la historia: “hágase en mí”. Y
nosotros no dejamos de implorar: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el
cielo”. Que lo que se ha cumplido, se cumpla también en mí. Que no quede yo
fuera del cumplimiento. Que esa palabra sea también el veredicto sobre mí.
Amén.
7 “Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu” (Lc 23,46).

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