SIAME
El Arzobispo de México presidió
esta mañana la Misa de Miércoles de Ceniza, con lo que dio por iniciado
oficialmente el tiempo cuaresmal.
Muy queridos hermanos, hermanas,
fieles laicos de Cristo Jesús; queridos hermanos miembros del Venerable Cabildo
Metropolitano:
La ceremonia que vamos a tener en estos
momentos es sumamente sencilla, pero con un grande significado. Vamos a
bendecir las cenizas pidiéndole a Dios Nuestro Padre que, a través de las
prácticas cuaresmales nosotros sus fieles, podamos llegar con alma purificada a
celebrar las fiestas Pascuales de su Hijo.
La
oración nos descubre el sentido profundo
de la ceniza, el sentido profundo de la Cuaresma: no es otro más que
prepararnos para celebrar las fiestas Pascuales.
¿En qué
consiste celebrar las fiestas Pascuales?
Por supuesto que dentro de cuarenta días, en esta misma Catedral, llegaremos a
celebrar esos ritos solemnes por los cuales Cristo Jesús Resucitado se hace
presente en medio de nosotros después de haber pasado por el sufrimiento, la
cruz y la muerte. Es celebrar la muerte y la resurrección del Señor; pero no
solamente con unos ritos litúrgicos, con una ceremonia, sino celebrar en
nuestra propia vida esa muerte y esa resurrección de Cristo. Eso es celebrar el
Misterio Pascual: muriendo cada día al pecado y comenzando la novedad de
vida, un camino nuevo.
Evidentemente
ninguno de nosotros puede morir al
pecado, puede ser un hombre nuevo con sus propias fuerzas, con sus propias
capacidades. Necesitamos atender la voz del profeta: "Vuélvanse al Señor;
todavía es tiempo, vuélvanse al Señor". Y eso es lo principal que tenemos
que hacer como prácticas cuaresmales: acercarnos al Señor. Son muchos caminos
por los cuales podemos llegar a una intimidad de estar realmente cerca del
Señor, tener un encuentro vivo con Jesucristo.
En primer lugar, por supuesto, con la oración,
la oración continua. Esa comunicación familiar con el Señor que se hace
presente en nuestra vida. Es un camino, pero un camino ante todo de amor. Ese
amor es el que tiene que llevarnos a una relación más cercana con Cristo Jesús,
presente en nuestro caminar. Nosotros no podemos cambiar nuestra vida, nosotros
no podemos dejar el pecado por nuestras propias fuerzas, no podemos emprender
la novedad de vida si Cristo Jesús no nos guía, si Él no nos da la fuerza
para vencer al enemigo, si Él no se hace presente en nuestro caminar. Por eso,
en las prácticas cuaresmales está la oración.
La
oración que tiene que brotar, no como
una exigencia impuesta, sino como una exigencia del amor. Y también esta el
amor al prójimo: ahí es donde tenemos que descubrir el rostro del Señor.
En la
vida de todos los días tenemos que
encontrarnos con el Señor que vive en medio de nosotros y se hace presente,
sobre todo, a través de los más necesitados, de aquellos que necesitan una
palabra nuestra, una sonrisa, una ayuda económica, una visita porque están
enfermos o están encarcelados. Ahí es donde el Señor quiere que nosotros lo
descubramos, que nosotros nos
encontremos con Él. Le pedimos al Señor llegar con el alma purificada a
celebrar las Fiestas Pascuales. Sólo el Señor nos puede purificar, sólo el
Señor puede darnos la fuerza para poder vivir en nosotros esa muerte y esa
resurrección de Cristo.
Por
supuesto que esa cercanía con el Señor
no produce en nosotros cambios mágicos. El Señor siempre espera de nosotros una
respuesta; una respuesta que se tiene que dar día tras día, por eso tenemos que
emprender el camino de una conversión interior. No solamente con obras
externas; sino desde dentro tenemos que cambiar. Tenemos que cambiar nuestro
corazón, nuestros sentimientos, nuestros afectos, tenemos que cambiar
interiormente para emprender ese camino de muerte y novedad de vida.
Esa
conversión es exigente, necesita un
verdadero esfuerzo, necesita actos de penitencia que se deben manifestar, sobre
todo como decía anteriormente, en la vida diaria, en aquello que el Señor nos
ha encomendado. No es fácil cambiar, aunque el Señor nos ofrezca su gracia y su
fuerza. Necesitamos poner también nuestra decisión para el estudio, para el
trabajo, para llevar a cabo aquella empresa que el Señor ha depositado en
nuestras manos.
Muchas
veces quisiéramos nosotros que el cambio
personal, que el cambio social se diera como por arte de magia, por unas
elecciones, por una ley, por un decreto. No: es necesario el esfuerzo, es
necesario el trabajo, es necesaria la renuncia. Por eso el Señor nos pide ese
camino de conversión que lleva consigo siempre penitencia, esfuerzo,
sacrificio.
Nosotros muchas veces pensamos que eso del
sacrificio ya es cosa del pasado. No hay redención, no hay salvación, sin la
cruz, sin el sacrificio. Sería engañar al pueblo cristiano si dijéramos que eso
es de siglos pasados. Si realmente queremos una transformación personal y
social tenemos que amar el sacrificio, tenemos que amar la renuncia, tenemos
que amar el trabajo, tenemos que amar esa dedicación con la cual se pueden
construir las personas y la sociedad.
Hermanos,
hermanas, éste es el tiempo de gracia,
éste es día de salvación. Que al bendecir las cenizas se realice en nosotros
ese anhelo, que a través de las prácticas cuaresmales lleguemos con alma
purificada a celebrar los Misterios Pascuales, la muerte y la resurrección del
Señor, la muerte propia al pecado y la novedad de vida en nuestra
existencia.

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