Homilía pronunciada por Norberto Rivera en la
Catedral de México, en la Solemnidad de Cristo Rey
Roberto Alcántara
En esta época de separación
jurídica entre Iglesia y Estado, los cristianos debemos defender la libertad de
expresión y debemos manifestar abiertamente nuestros criterios y convicciones.
La
realeza de Cristo debemos interpretarla en base a la visión profética de
Daniel. Hoy hemos escuchado los párrafos que sin duda alguna constituyen el
corazón del libro de Daniel, en donde se nos
presenta al "Hijo del Hombre", no sólo glorioso, sino celestial,
bajando entre las nubes del cielo. Después de la aparición de las cuatro
bestias monstruosas salidas del mar, representando a las cuatro potencias
extranjeras que desde el tiempo de Nabucodonosor afligían al "pueblo
escogido", Dios, sentado solemnemente en su trono, juzga a la cuarta
bestia que era el reino de Antíoco que estaba imponiendo a los Hebreos la
cultura helénica para demostrar que el poder político tenía la fuerza y los
recursos para invadir y dominar el campo religioso, persiguiendo a los judíos
que permanecían fieles a la religión de sus padres.
Reafirmando
y superando la figura del Hijo del Hombre, el Apocalipsis de San Juan nos
presenta a Jesús como Cristo o Mesías,
dándole los títulos de testigo fiel, primogénito de los muertos, soberano de
los reyes de la tierra, que sin duda alguna nos llevan al contenido esencial
del misterio pascual de Jesucristo. San Juan para animar a la comunidad
cristiana perseguida, anuncia la venida gloriosa de Cristo como rey
escatológico que juzga al mundo. La breve presentación apocalíptica concluye
con un oráculo en donde Dios mismo se presenta como el Alfa y la Omega,
como principio y fin de todas las cosas, como "El que es, el que era y el
que ha de venir, el todopoderoso", en clara alusión a su dignidad regia.
También
para los evangelios sinópticos el tema del Reino es central en la predicación
de Jesús. San Juan casi no toca este tema durante la vida pública de Cristo,
pero le da una especial relevancia
durante la pasión como hoy lo pudimos constatar al escuchar el diálogo entre
Cristo y Pilato. El cúlmen del diálogo es ciertamente la respuesta de Jesús en
donde afirma su realeza, pero aclarando: "Mi Reino no es de este
mundo". El reino de Cristo no es de origen terreno, le viene de lo
alto, ni se sustenta en la fuerza o en el poder mundano, su realeza se realiza
en el anuncio de la verdad, manifestando claramente la revelación de la bondad
del Padre.
El
conocimiento de Cristo Rey nos servirá
para evitar la confusión de su reinado con cualquier régimen social, pero
también nos ayudará a hacer conciencia de nuestra dignidad y de nuestros
compromisos como miembros vivos de ese Reino que vino a inaugurar Cristo Jesús
hace dos mil años. "Sí, yo soy rey, como tú lo dices... Yo para esto he
nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Sí, Jesús
es Rey dando testimonio de la verdad encargada por el Padre: anunciando el
evangelio a los hombres. Por esto, nosotros los súbditos de Cristo Rey debemos
recoger la antorcha del Evangelio en nuestras manos y testimoniar con nuestras
vidas la verdad proclamada por Jesús. Pero
antes que voceros del Evangelio, los cristianos debemos ser oyentes, como el
mismo Jesús nos lo recuerda: "El que es de la verdad escucha mi voz".
Ser ciudadano del Reino de Cristo es hacerse discípulo suyo teniendo el
Evangelio como manual de formación permanente.
En esta
época de separación jurídica entre
Iglesia y Estado, los cristianos, lo mismo que otros grupos humanos, debemos
defender la libertad de expresión y debemos manifestar abiertamente nuestros
criterios y convicciones, los cuales deberán ser escuchados dentro del sistema
democrático, como deben ser escuchadas las voces de aquellos que no creen en
Cristo. Cuando Jesús afirma: "Mi reino no es de este mundo", no
quiere decir que no deba vivirse en la tierra, pues es en la tierra a donde él
vino a proclamar la Buena Nueva, sino que no ha de implantarse ni defenderse
como los regímenes terrenos desde el poder y la fuerza.
Sin duda
alguna, todos nosotros queremos hacer conciencia de la elección amorosa que
Cristo ha hecho a cada uno de nosotros para pertenecer a su Reino desde el día
de nuestro bautismo. En ese acto
sacramental, punto de partida de toda vida cristiana, Cristo nos ha dicho a
todos y a cada uno de sus discípulos: "No me has elegido tú a mí, yo soy
el que te he elegido a ti, y te he destinado a que vayas y des fruto y tu fruto
permanezca". ¡Cuánto dinamismo y cuánta fortaleza daría a nuestras vidas
si fuéramos conscientes de esta gran verdad! Sabemos que San Pablo, el gran
apóstol de los gentiles, vivía profundamente esta convicción de sentirse amado
y elegido hasta llegar a exclamar: "Me amó y se entregó por mi".
Esta
elección de Cristo tiene una clara exigencia de la cual el mismo Cristo nos
advierte: "Yo te he elegido para
que vayas y des mucho fruto, y tu fruto permanezca". Por esto, todos
nosotros debemos sentirnos no sólo amados y elegidos, sino también enviados por
Cristo, como hermosamente lo expresa S.S. Juan Pablo II en su Exhortación
Postsinodal Christifideles Laici: "Dios me llama y me envía como obrero a
su viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en
la historia. Esta vocación y misión define la dignidad y la responsabilidad de
cada cristiano".
Ya
estamos en espera de la venida del Papa Francisco, quien, sin duda alguna
iluminará las situaciones que vive nuestro México,
pero sobre todo nos invitará, con su estilo tan atractivo, a que seamos
testigos y heraldos de aquello que creemos y nos urgira a que tomemos mas en
serio nuestro ser cristiano: discípulos y misioneros en nuestra Patria y en
nuestro Continente.
Sí, mis
queridos hermanos sacerdotes y laicos la
Iglesia necesita de ustedes, de su compromiso, de su generosa entrega a la
causa de Dios. Como escribiera san Gregorio Magno: "En la Santa Iglesia,
cada uno sostiene a los demás, y los demás lo sostienen a él", de tal
manera que el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de
cada uno se convierte en el bien de todos. La Iglesia, en esta Arquidiócesis de
México, necesita que cada uno de ustedes tenga siempre viva la conciencia
de ser miembros de la Iglesia a quienes Cristo les ha confiado, de manera
individual e insustituible, una tarea que cada uno debe llevar a cabo para el
bien de todos.

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