Fracaso de las políticas sociales
SIAME
En un país con una gran cantidad
de recursos, es un escándalo y una vergüenza tanta desigualdad social.
No es noticia la alarmante
pobreza que vivimos en nuestro país. Los datos más recientes del INEGI, en este
2015, sólo han corroborado, una vez más, lo que todos sabemos y vemos, que más
de la mitad de la población tiene niveles de vida inferiores a la línea de
bienestar, lo que equivale a no contar con recursos suficientes para
alimentación, salud y educación, además de una grave deficiencia habitacional,
con casas mal construidas y no terminadas, en zonas irregulares y de riesgo; en
suma, un país con más de cincuenta millones de personas que todos los días
deben luchar por subsistir.
El actual gobierno de la
República ha destinado enormes cantidades de recursos y programas para abatir
esta situación, pero los resultados siguen siendo negativos: en los últimos
tres años, han aumentad casi dos millones los mexicanos pobres, de tal manera
que no sólo no disminuye la pobreza, sino que se agrava la situación, por lo
que no podemos dejar de advertir que hay un evidente fracaso en las
políticas públicas en esta materia, tantos en los gobiernos panistas como en el
actual.
Como un falso consuelo, podríamos recordar que esto
ha sucedido los últimos treinta años, pero como una exigencia del sentido
común, debemos decir que ya es tiempo de revisar a fondo lo que está sucediendo.
En un país con una gran cantidad de recursos, es un escándalo y una vergüenza
tanta desigualdad social.
En un primer análisis, aparece la
cadena de corrupción propiciada por las instituciones que atienden este
problema. Tres ejemplos bastan: el uso político que se da en los estados más
pobres, como Chiapas, con un gobierno irresponsable y manipulador que por
intereses partidistas pasan por encima de la dignidad de los más pobres; el
abuso que se ha permitido a organizaciones sindicales, como en Oaxaca,
donde por años han condicionado la ayuda en perjuicio de la educación de los
niños y adolescentes, o bien, la ineficiencia de los directivos de la política
social, más preocupados de la imagen que de los resultados, que hoy queda
claro, son un rotundo fracaso. “La
corrupción impide mirar el futuro con esperanza –dice el Papa Francisco–,
porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y
oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para
expandirse después en escándalos públicos” (Misericordiae Vultus 19).
Un segundo aspecto está en la
inequidad e injusticia presentes por todas partes: desde la economía informal,
los subempleos carentes de toda seguridad social, hasta la exagerada exigencia
fiscal a las pequeñas empresas que no logran subsistir. Se trata –dice una vez
más el Papa Francisco–, de una economía de la exclusión, donde grandes
masas de la población quedan marginadas:
sin trabajo, sin horizontes, sin salida (Evangelii Gaudium 53). Así
mismo, preocupa la incontenible devaluación del peso, la caída brutal de los
ingresos petroleros y la frustración por el mediocre crecimiento de la
economía del país.
Por último, debemos señalar la
indiferencia, que en algunos se convierte en cinismo. Hay tantos pobres en
nuestro México, que ya no somos sensibles al drama de los demás ni lo vemos
como responsabilidad nuestra; se da el fenómeno de la globalización de la
indiferencia y, en la clase política, un cinismo inmoral y escandaloso.
Representantes y servidores de un pueblo pobre viven en medio del despilfarro y
con lujos insultantes, preocupados sólo del propio enriquecimiento y de la
autocomplacencia. ¿Cuántos años más y cuántos pobres más se necesitan para que
el gobierno y la sociedad reaccionen antes de que sea demasiado tarde y el
populismo político haga de las suyas, o la desesperanza se transforme en
violencia?

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