Roberto Alcántara
Su poder no está en sí misma,
sino en Cristo, quien brinda su protección a aquellos que la portan con
fervorosa devoción
La
película de El Exorcista, clásico del
cine de terror dirigida por William Friedkin y basada en la novela del mismo
nombre escrita por William Peter Blatty, muestra al experimentado sacerdote
Lankester Merrin vestido con sotana, sobrepelliz y una estola púrpura al
momento de entrar en la tétrica alcoba de la posesa Regan McNeil.
Antes de
iniciar el exorcismo, en medio de una
bruma blanquecina, el anciano sacerdote coloca cuidadosamente un crucifijo y un
pequeño recipiente con agua bendita encima del buró. Levanta su mano derecha y
traza la señal de la cruz sobre el padre Damian Karras, la niña Regan (quien lo
observa con odio desafiante) y sobre él mismo. Comienza entonces el
exorcismo.
La Iglesia Católica exige a los exorcistas
presidir el rito de exorcismo ataviados con los ornamentos adecuados que, según
la costumbre y como muestra la película de Friedkin, es el alba o el
sobrepelliz encima de la sotana, y la estola morada.
En el exorcismo, la estola es la vestidura de
mayor significado. La palabra proviene del griego stole, que significa
vestidura larga, y es una banda de tela que se coloca sobre los hombros y la
espalda del sacerdote, de modo que cuelga por delante en sus dos extremos. Este
ornamento representa la función y la potestad sacerdotal, y el exorcista la
utiliza de color púrpura para simbolizar la penitencia que habrá de
experimentar el poseso.
Dentro de
los símbolos sagrados, el Crucifijo es
el de mayor importancia. Su presencia en el oratorio –según el Ritual de
Exorcismos– es fuente de gracia y bendición, y le recuerda al demonio la
potestad de Cristo sobre él. En algún momento del rito, el exorcista busca que
el poseso mire de frente al crucifijo, al tiempo que lanza con autoridad
fórmulas imperativas para conjurar la presencia del maligno. Otros símbolos
sagrados son las imágenes religiosas, el agua bendita, la sal y el aceite
consagrado.
Entre las
imágenes sagradas, después de la
Santísima Virgen María y de san Miguel Arcángel, la de san Benito –a quien la
Iglesia celebra el 11 de julio– es de las más empleadas en el rito. Este santo
italiano fue el iniciador de la vida religiosa en monasterios y tenía fama de
realizar sorprendentes expulsiones demoniacas.
San Benito se hace presente a través de una medalla
que acostumbran utilizar los exorcistas como blindaje espiritual debajo de la
estola. La descripción de la medalla explica el sentido de la misma y la
importancia que tiene para quienes se dedican al ministerio de liberación.
En el
frente de la medalla aparece san Benito
con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra, con la oración: “A
la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia”. El reverso
muestra la cruz de san Benito con las primeras letras de palabras en latín que
significan lo siguiente: C.S.P.B “Santa Cruz del Padre Benito”. C.S.S.M “La
santa Cruz sea mi luz” (en la vertical de la cruz). N.D.S.M.D: “y que el Dragón
no sea mi guía” (en la horizontal de la cruz). En círculo, comenzando de arriba
hacia la derecha: V.R.S “Abajo contigo Satanás”. N.S.M.V “para de atraerme con
tus mentiras”. S.M.Q.L “Venenosa es tu carnada”. I.V.B “Trágatela tu
mismo”. PAX “Paz”.
Actualmente no sólo los exorcistas utilizan esta
medalla, pues cada vez son más los fieles que recurren a ella para implorar la
protección de Cristo contra las asechanzas y tentaciones del maligno.
El sacerdote que la bendice suele pronunciar
una oración cuyo contenido aclara a los fieles que la protección contra el mal
no la reciben de dicho objeto, sino de Dios, y que la medalla sólo debe ayuda a
recordar el infinito amor de Dios hacia sus hijos y la consagración de estos
últimos al Todopoderoso.
La
medalla de san Benito facilita también
la Indulgencia Plenaria. Y es que el 12 de marzo de 1742, el Papa Benedicto XIV
otorgó esta gracia a quienes la porten siempre y cuando se confiesen, reciban
la Eucaristía, oren por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa
semana recen el Santo Rosario, visiten a los enfermos, ayuden a los pobres,
enseñen la fe cristiana y participen en la Santa Misa. Las grandes fiestas
establecidas para obtener esta gracia son Navidad, Epifanía, Pascua de
Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La
Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los
Santos y fiesta de san Benito el 11 de julio.

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