Medalla de san Benito, protección contra el demonio

viernes, 10 de julio de 2015


Roberto Alcántara

Su poder no está en sí misma, sino en Cristo, quien brinda su protección a aquellos que la portan con fervorosa devoción

La película de El Exorcista, clásico del cine de terror dirigida por William Friedkin y basada en la novela del mismo nombre escrita por William Peter Blatty, muestra al experimentado sacerdote Lankester Merrin vestido con sotana, sobrepelliz y una estola púrpura al momento de entrar en la tétrica alcoba de la posesa Regan McNeil.

Antes de iniciar el exorcismo, en medio de una bruma blanquecina, el anciano sacerdote coloca cuidadosamente un crucifijo y un pequeño recipiente con agua bendita encima del buró. Levanta su mano derecha y traza la señal de la cruz sobre el padre Damian Karras, la niña Regan (quien lo observa con odio desafiante) y sobre él mismo. Comienza entonces el exorcismo.

La Iglesia Católica exige a los exorcistas presidir el rito de exorcismo ataviados con los ornamentos adecuados que, según la costumbre y como muestra la película de Friedkin, es el alba o el sobrepelliz encima de la sotana, y la estola morada.

En el exorcismo, la estola es la vestidura de mayor significado. La palabra proviene del griego stole, que significa vestidura larga, y es una banda de tela que se coloca sobre los hombros y la espalda del sacerdote, de modo que cuelga por delante en sus dos extremos. Este ornamento representa la función y la potestad sacerdotal, y el exorcista la utiliza de color púrpura para simbolizar la penitencia que habrá de experimentar el poseso.

Dentro de los símbolos sagrados, el Crucifijo es el de mayor importancia. Su presencia en el oratorio –según el Ritual de Exorcismos– es fuente de gracia y bendición, y le recuerda al demonio la potestad de Cristo sobre él. En algún momento del rito, el exorcista busca que el poseso mire de frente al crucifijo, al tiempo que lanza con autoridad fórmulas imperativas para conjurar la presencia del maligno. Otros símbolos sagrados son las imágenes religiosas, el agua bendita, la sal y el aceite consagrado.

Entre las imágenes sagradas, después de la Santísima Virgen María y de san Miguel Arcángel, la de san Benito –a quien la Iglesia celebra el 11 de julio– es de las más empleadas en el rito. Este santo italiano fue el iniciador de la vida religiosa en monasterios y tenía fama de realizar sorprendentes expulsiones demoniacas.

San Benito se hace presente a través de una medalla que acostumbran utilizar los exorcistas como blindaje espiritual debajo de la estola. La descripción de la medalla explica el sentido de la misma y la importancia que tiene para quienes se dedican al ministerio de liberación.

En el frente de la medalla aparece san Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra, con la oración: “A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia”. El reverso muestra la cruz de san Benito con las primeras letras de palabras en latín que significan lo siguiente: C.S.P.B “Santa Cruz del Padre Benito”. C.S.S.M “La santa Cruz sea mi luz” (en la vertical de la cruz). N.D.S.M.D: “y que el Dragón no sea mi guía” (en la horizontal de la cruz). En círculo, comenzando de arriba hacia la derecha: V.R.S “Abajo contigo Satanás”. N.S.M.V “para de atraerme con tus mentiras”. S.M.Q.L “Venenosa es tu carnada”. I.V.B “Trágatela tu mismo”. PAX “Paz”.

Actualmente no sólo los exorcistas utilizan esta medalla, pues cada vez son más los fieles que recurren a ella para implorar la protección de Cristo contra las asechanzas y tentaciones del maligno.

El sacerdote que la bendice suele pronunciar una oración cuyo contenido aclara a los fieles que la protección contra el mal no la reciben de dicho objeto, sino de Dios, y que la medalla sólo debe ayuda a recordar el infinito amor de Dios hacia sus hijos y la consagración de estos últimos al Todopoderoso.

La medalla de san Benito facilita también la Indulgencia Plenaria. Y es que el 12 de marzo de 1742, el Papa Benedicto XIV otorgó esta gracia a quienes la porten siempre y cuando se confiesen, reciban la Eucaristía, oren por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana recen el Santo Rosario, visiten a los enfermos, ayuden a los pobres, enseñen la fe cristiana y participen en la Santa Misa. Las grandes fiestas establecidas para obtener esta gracia son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de san Benito el 11 de julio.


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