Tristemente, nuestro país también
destaca a nivel internacional por la ineficiencia de las autoridades para
frenar la devastación de las selvas y la destrucción de los arrecifes
El Papa Francisco ha presentado su nueva
encíclica que lleva por título Laudato si’ (Alabado seas), un documento de
rasgos eminentemente sociales que muestran la gran capacidad de la Iglesia para
observar los signos de los tiempos e iluminar la realidad. Entre otros muchos
aspectos, el documento pone en evidencia las fallidas políticas públicas
que en muchos países han causado graves daños al medio ambiente. México no es
la excepción.
En el 2013, según la Organización Mundial de la
Salud, México fue el segundo país latinoamericano con más muertes atribuidas a
la contaminación atmosférica, y el Distrito Federal supera a ciudades como
Medellín, Bogotá, Montevideo y Sao Paulo en niveles de contaminación del aire
por gases de vehículos e industrias generadoras de energía.
Tristemente,
nuestro país también destaca a nivel
internacional por la ineficiencia de las autoridades para frenar la devastación
de las selvas y la destrucción de los arrecifes. No es cuestión trivial, pues
esto ha sido posible debido a la negligencia y la corrupción, amparadas por la
impunidad en beneficio de empresas e industriales, cuya voracidad consume a
ritmos inauditos el patrimonio y los recursos naturales propiedad de la nación,
como las playas, cuya destrucción se debe en gran medida a los abusos de la
industria hotelera.
La
contaminación de los ríos mexicanos
tampoco es un asunto menor, pues muchos de ellos se han convertido en
verdaderas cloacas para residuos domésticos e industriales. A diferencia de
Europa –donde aún se conservan los ríos que cruzan grandes ciudades como París,
Roma o Viena, e incluso en Alemania se han recuperado algunos que eran
considerados biológicamente muertos– en nuestro país prácticamente los hemos
exterminado para convertirlos en gigantescas tuberías de aguas negras. La misma
suerte le depara a nuestros mares si se sigue consintiendo el fracking,
tecnología altamente contaminante y dañina para el medio ambiente, que es
utilizada para explotar recursos energéticos al amparo de la reforma en este
sector.
Ante esta
realidad, lo más grave no son las
pérdidas económicas, sino la seguridad y salud de millones de mexicanos que ven
con impotencia cómo se destruye su entorno natural y sus medios de
subsistencia. Tan solo en los últimos tres años se han registrado grandes
desastres ambientales en diferentes puntos de la geografía nacional por
derrames de hidrocarburos en costas del Golfo de México o el vertido de
sustancias venenosas en cauces de ríos útiles para la agricultura y el consumo
humano, como el de 40 mil metros cúbicos de tóxicos en los ríos Sonora y
Bacanuchi desde la mina Buenavista del Grupo México, considerado el más
devastador de los desastres ambientales.
En las
grandes concentraciones urbanas la
realidad también es deplorable. En la Ciudad de México, que está convertida en
un basurero y huele a cloaca, no hay políticas ni campañas para respetar la
naturaleza y ahorrar el agua. El Distrito Federal es de las peores entidades en
materia de calidad del aire a pesar de las políticas de reordenamiento vehicular. En esto es evidente el fracaso de los
programas de transporte público, pues con el “Hoy no circula” se quiso reducir
el uso de vehículos privados, pero los efectos fueron inversos al aumentar el
parque de automóviles nuevos; por otra parte, los capitalinos no gozan de
transporte eficiente y padecen un verdadero viacrucis en la red del Metro, con
trenes e instalaciones inseguras y riesgosas para la integridad de millones,
engañados por promesas de mejoras al Sistema
de Transporte Colectivo, con el alza de tarifas que lesionó la economía de los
ciudadanos.
Nos
encontramos, pues, en un punto crítico
de la historia del planeta. El Papa Francisco lo ha dicho: “La Tierra parece
convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería” y, efectivamente,
no sólo los desperdicios y la contaminación, también la extinción de las
especies y el uso irracional de recursos plantean preguntas ineludibles:
¿Qué mundo estamos dejando a las futuras generaciones?
La
encíclica del Papa: Laudato Si’ nos deja
ver la irresponsabilidad de todos los seres humanos que contribuimos en la
devastación, pero acentuada particularmente por empresarios y capitalistas bajo
el paradigma tecnocrático del dominio económico y político sobre el cuidado del
planeta y la procuración del bien común.
En
México, un país que se convierte cada
vez más en depósito de porquerías, “se requiere advertir que lo que está en
juego es nuestra propia dignidad. Somos los primeros interesados en dejar un
planeta habitable para la humanidad que nos sucederá”, como ha advertido el
Santo Padre.

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