Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (cfr. Jn 18,1-19,42)

viernes, 3 de abril de 2015


Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM

 Viernes Santo

“La meditación de mi pasión te ayudará a elevarte por encima de todo”[1], dijo Jesús a santa Faustina Kowalska, quien entonces comprendió más a Dios y su amor por nosotros; al ser humano, el sentido de la vida y de todas las cosas, incluso del sufrimiento, y que vale la pena amar a Dios y al prójimo, haciendo que todo, hasta las enfermedades y las adversidades, sean “aliados” para alcanzar la realización total.

Este Viernes Santo, también somos invitados a contemplar al crucificado y meditar con asombro, gratitud y esperanza lo que significa. Aquél hombre que pende de la cruz es Dios, autor de cuanto existe. Un Dios que nos ama tanto –que me ama tanto a mí–, que al ver el caos que provocamos al desconfiar de su amor y cometer el pecado con el que nos encerramos en la prisión del egoísmo y le abrimos las puertas del mundo al mal y a la muerte, se hizo uno de nosotros y soportó el castigo para darnos la paz[2].

Por eso el Papa comenta que en la cruz vemos la monstruosidad de la que somos capaces cuando nos dejamos guiar por el mal, pero que vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios[3], ya que en ella Jesús nos enseña que aún en la peor de las situaciones el verdadero poder que puede restaurarlo todo y llevarlo a la plenitud sin final es el amor, que consiste en comprender, actuar con justicia, ser serviciales, perdonar y pedir perdón.

Traicionado por un amigo, insultado, humillado, calumniado, golpeado, azotado, coronado de espinas, injustamente condenado, despojado de todo y clavado en la cruz, Jesús conoció el dolor de la deslealtad, la enfermedad y la peor crisis económica. Viendo sufrir junto a él a su Madre y mirando cercana la muerte, se sintió abandonado hasta por Dios. Sin embargo, no se rindió. 

Sabiendo que sólo el amor libera de la soledad, da sentido a todo, posibilita auténticas relaciones humanas, orienta hacia el verdadero progreso en armonía con la creación y conduce a Dios –en quien la vida alcanza la plenitud sin final–, no dejó que nada lo desviara de su camino. Unido a Dios y consciente de que Él no defrauda[4], permaneció fiel a su identidad.

No se dejó condicionar por el dolor físico, el sufrimiento emocional y espiritual, por las injusticias, la violencia y la indiferencia de un pueblo confundido, ni por la corrupción de las autoridades religiosas y políticas ¡Fue libre para seguir amando! Así transformó para siempre el universo y nuestra historia, brindándonos un futuro, ya que muriendo convirtió la muerte de eterna en temporal, como dice san León Magno[5].


Si queremos restaurar nuestra vida personal, familiar y social debemos amar, a pesar de las dificultades. Sólo así habrá fidelidad y alegría en nuestro matrimonio y en la familia. Sólo así la política, la economía, la ciencia, la tecnología, la cultura, el deporte y el entretenimiento estarán al servicio de todas las personas, favoreciendo un desarrollo integral del que nadie quede excluido. Es complicado; pero Jesús, que ha padecido nuestros sufrimientos[6], nos demuestra que ¡sí se puede!

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