Desde la fe
En efecto, México atraviesa una
severa crisis de corrupción política, que pone en juego al sistema, de tal
suerte que, o se busca pronto la manera de erradicar la corrupción, o en poco
tiempo nuestra débil democracia quedará hecha añicos.
El país
está gravemente herido e infectado de una bacteria que tiene a la democracia al
borde de la muerte: la corrupción, una práctica habitual que se ha convertido
en “algo natural”, al grado de constituir una condición personal y social
relacionada con la costumbre.
Recientemente,
el Papa Francisco, en su discurso a la Asociación Internacional de Derecho
Penal, advirtió sobre los graves daños sociales que provoca la corrupción en el
manejo de los recursos públicos, en las operaciones comerciales y financieras,
e incluso en las negociaciones particulares, y llamó a combatir con mayor
severidad todas las formas de corrupción, principalmente los grandes fraudes
contra la administración pública o el ejercicio desleal de la administración.
En
México, la corrupción ha permeado en todas las instituciones políticas y de
gobierno, como una epidemia que pareciera no tener cura. Y es que, como
escribió el filósofo católico Gabriel Zaid en su libro La economía
presidencial, “la corrupción no es una característica desagradable del sistema
político mexicano: es el sistema”.
Por ello,
si verdaderamente se busca avanzar como país, el primer combate que se debe
emprender es contra este flagelo, pues la corrupción es la verdadera causa del
desarrollo del fenómeno del narcotráfico y el crimen organizado, de la
desigualdad social, del debilitamiento de las instituciones y de la pésima
procuración de justicia que favorece la impunidad, y aumenta la desesperanza en
los mexicanos.
El reto
es ingente, pues como también ha señalado el Santo Padre, “hay pocas cosas más
difíciles que abrir una brecha en un corazón corrupto… pues el corrupto se cree
un vencedor, no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad y la
enemistad, pero además, el corrupto no percibe su corrupción y por tal motivo difícilmente
podrá salir de su estado por remordimiento interior de la conciencia”.
En el
fondo de la corrupción está la avaricia, pecado capital que lleva al individuo
a alcanzar sus objetivos por todos los medios posibles. De ahí que el dinero
público, que debería emplearse en proyectos para el bien común, suela terminar
en manos de unos cuantos servidores de gobierno, que dilapidan de la manera más
inmoral los recursos en todo tipo de placeres, mientras millones de personas
carecen de las condiciones básicas para subsistir.
En
efecto, México atraviesa una severa crisis de corrupción política, que pone en
juego al sistema, de tal suerte que, o se busca pronto la manera de erradicar
la corrupción, o en poco tiempo nuestra débil democracia quedará hecha añicos.
En cuanto
a las causas de este mal, se pueden resumir primeramente en una falta de
control de los servidores públicos que, por ser parte del sistema, se creen con
derecho a infringir la ley con descarada impunidad, y por otro lado, la
justicia supeditada al poder político; de ahí los escandalosos favores e
indultos de los que continuamente somos testigos los mexicanos.
La
solución a este flagelo debe pasar necesariamente por estrictos controles de
corrupción, tanto precautorios como punitivos, además de otras medidas más
rigurosas como la exigencia a los partidos políticos para que eliminen la
corrupción al interior de sus instituciones, so pena de recibir un castigo en
las urnas por parte de la sociedad.
Si hay
voluntad política, la depuración de funcionarios y militantes corruptos debe
comenzar cuanto antes, y ésta debe ser una labor inaplazable. El mismo Papa
Francisco ha hecho una descripción perfecta de ellos: “El corrupto no puede
aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, trata de disminuir cualquier
autoridad moral que pueda ponerlo en tela de juicio, no valora a los demás y
ataca con el insulto a quien piensa de modo diverso. Si las relaciones de
fuerza lo permiten, persigue a quien lo contradiga”. Basta querer servir a
México para comenzar un verdadero cambio.

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