Alejandra María Sosa Elízaga*
Este domingo comienza el
'octavario' por la unidad de los cristianos, ocho días en los cuales la Iglesia
Católica ruega para que todos los que creemos en Cristo (católicos, luteranos,
anglicanos, etc.) volvamos a ser una sola gran familia.
Durante el primer milenio de nuestro tiempo, todos los cristianos éramos
católicos, pero a lo largo de la historia se dieron graves desacuerdos entre el
Papa y ciertos miembros prominentes de la Iglesia, y lamentablemente algunos de
éstos decidieron abandonarla y formar su propia iglesia.
Las nuevas iglesias fundadas por ellos tuvieron seguidores, y así, al
paso del tiempo, nuevas generaciones crecieron acostumbradas a acudir a esas
iglesias y acostumbrados también a que éstas volvieran a dividirse cada vez que
alguno de sus miembros discrepaba de su pastor (hoy hay más de treinta mil
iglesias cristianas tan sólo en EUA, más lo que se acumule esta semana...).
Cuando en una familia surgen problemas y uno de los hijos, en lugar de
quedarse a resolver el conflicto, se va de casa dando un portazo, la madre
nunca deja de esperar su regreso. Pues bien, como Madre, la Iglesia Católica
considera a los cristianos que la abandonaron y a los que han crecido lejos de
ella, como hijos separados a los que no ha dejado de extrañar ni de encomendar
a Dios.
Este domingo comienza el 'octavario' por la unidad de los cristianos,
ocho días en los cuales la Iglesia Católica ruega para que todos los que
creemos en Cristo (católicos, luteranos, anglicanos, etc.) volvamos a ser una
sola gran familia.
Y tal vez alguien se pregunte: “¿bueno, y qué caso tiene orar por esto?,
mientras ellos sean buenos cristianos y nosotros también, pues que cada uno
siga por su lado y todos tan contentos, ¿no?”.
Para responder hay que recordar que este anhelo de unidad no es una
ocurrencia ni un capricho de la Iglesia, es un anhelo profundo del corazón de
Cristo. Él oró pidiendo: “que todos sean uno. Como Tú, Padre, en Mí y Yo en
Ti somos uno.”(Jn 17,21).
Y además consideremos que la Iglesia, como Madre amorosa, no se conforma
con disfrutar todo lo que tiene ella sola, quisiera poder compartir su tesoro
con todos sus hijos, y que los hermanos separados puedan disfrutar también del
inmenso consuelo de recibir el Sacramento de la Reconciliación y saberse
perdonados y abrazados por Dios; reconocer la Presencia Real de Jesús en la
Eucaristía y aprovechar la gracia infinita de recibirlo en la Comunión y
contemplarlo y estar en Su presencia, por ejemplo en un rato de adoración ante
el Santísimo; tener la correcta interpretación de los textos de la Escritura;
alegrarse de contar con miles de hermanos y hermanas mayores que interceden por
nosotros en la comunión de los santos; aprender a gozar de la intercesión
maternal de María, Madre de Dios y Madre nuestra, y tantas otras riquezas
espirituales que no cabría aquí mencionarlas.
El Papa Francisco, sucesor de Pedro en línea ininterrumpida desde que Jesús fundó la Iglesia, nos
pide que oremos por la unidad de todos los cristianos, no porque anhele
aumentar su grey y su poder, sino porque su corazón de padre y pastor de la
Iglesia Católica quisiera que todas las ovejas formaran, como quiso Jesús, “un
solo rebaño” (Jn 10,16). Respondamos a su llamado orando para que todos los
cristianos alejados puedan considerar que la Iglesia es su hogar al cual pueden
volver para sentirse amados, alimentados, acogidos y que cuantos creemos en
Cristo podamos un día cantar, como el salmista: "Ved: qué dulzura, qué
delicia, convivir los hermanos unidos..." (Sal 133, 1).

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