La nueva arma diplomática de Estados Unidos se encuentra atrapada entre rocas a más de un kilómetro bajo tierra.
Se trata del
gas y petróleo de esquisto, que se obtiene a través de una controvertida
técnica llamada fracturación hidráulica
o fracking y tiene el potencial de ayudar al país a conseguir su tan
anhelada independencia energética.
Los cambios
económicos que plantea esta nueva abundancia de recursos -así como los
considerables riesgos ambientales- han sido ampliamente descritos. Según la Casa Blanca, la producción nacional de
petróleo alcanzó en 2012 su nivel más alto en 15 años, la de gas natural llegó
a su récord histórico y la dependencia de petróleo extranjero llegó a su punto
más bajo en dos décadas.
Lo que ha
sido menos comentado es lo que acompaña ese nuevo panorama: al recurrir menos a
fuentes externas para suplir sus necesidades energéticas, Washington puede
afrontar desde una perspectiva distinta los conflictos internacionales en los
que hay un claro componente energético.
Es lo que el
diario The New York Times llamó "una nueva era de la diplomacia
energética estadounidense" y se ha manifestado en la actual crisis con
Rusia y Ucrania, aunque también según algunos analistas en su actitud frente a
Venezuela.

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