miércoles, 5 de marzo de 2014

Poblanos celebran el miércoles de ceniza en catedral.
Jorge Barrientos.
La feligresía católica acude hoy a las iglesias a la celebración del Miércoles de Ceniza, que es el inicio de la cuaresma, con la imposición de la ceniza, como símbolo de penitencia, ayuno y conversión.
Monseñor Víctor Sánchez Espinoza,  dijo que la feligresía católica está siendo convocada por la Iglesia a nivel mundial a prepararse espiritualmente, a hacer un alto en su vida y entrar en una especie de retiro espiritual, recordó que San León le decía, un retiro comunitario.
El sacerdote explicó que la marca de la cruz de ceniza en la frente, “significa la fragilidad de los seres humanos, porque hay que recordar que en el Antiguo Testamento tenemos a los profetas, a Moisés que cuando hacían penitencias se ponían señales y se llenaban de ceniza todo el cuerpo, para significar su fragilidad y su pobreza”.
Los católicos a través de una cruz en la frente significamos que somos penitentes, pecadores, frágiles, que somos de la tierra y que tenemos que recordar de que ese Cristo que ha venido es nuestro salvador y que tenemos que ser humildes ante él.
La ceniza que hoy se impone muchas veces es elaborada de las palmas usadas durante la Semana Santa del año anterior, estas las guardan y las incineran para dar una nueva bendición a los fieles que quieran recibirla al finalizar cada eucaristía.
“La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos”. Desde finales del siglo II, los cristianos comenzaron a preparase a la Pascua anual con dos días de ayuno riguroso. Pero fue en el siglo IV cuando nació la Cuaresma, cuyo cómputo fue variando, hasta quedar en cuarenta días, recordando el tiempo en que Jesús oró y ayunó en el desierto”.

“La Cuaresma termina la tarde del Jueves Santo con la liturgia de la Cena del Señor, que da comienzo al Triduo Pascual. Así como el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto, ahora guía a la Iglesia a la Cuaresma para que, como Él, vivamos un encuentro con Dios, a través de su Palabra, de los sacramentos, de la oración, de la penitencia y del amor al prójimo, y así afrontemos con Cristo “el combate contra el espíritu del mal”.

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