Thomas Sparrow
BBC Mundo, Washington (@bbc_sparrow)
Jacqueline
Kennedy, una de las mujeres más elegantes de su época y un icono de la moda,
contó con una dominicana como su mano derecha en la Casa Blanca.
Siempre
encargada de cada detalle del vestuario de la primera dama, Providencia Paredes
acompañó a los Kennedy en su estancia en la presidencia (1961-1963) y pudo
-como ella misma lo dice- "poner los pies donde los pusieron ellos".
Eso
incluye desde los corredores y habitaciones más íntimos de "ese casón tan
grande" en el centro de Washington, hasta los viajes por el mundo en el
avión presidencial Air Force One o las vacaciones de Navidad privadas en el
estado de Florida.
Son
tantos los recuerdos de esa época privilegiada, que "Provi" -como la
han llamado todos excepto el Servicio Secreto, para quien era "la princesa
mexicana"- salta de un tema a otro para capturar de nuevo, así sea por un
instante, esos años que marcaron tan profundamente su pasado.
A sus
89 años y a propósito del 50º aniversario de la muerte de John F. Kennedy,
Paredes le abrió las puertas de su casa a BBC Mundo para compartir algunos de
los objetos que le quedan de su tiempo con la familia presidencial.
Sangre en el vestido rosa
Gustavo
Paredes muestra una foto de los Kennedy con una dedicatoria para su madre,
Providencia. La foto adorna la sala de la casa.
La
dedicatoria dice: "Para Provy: todos en esta foto te amamos. Hiciste mucho
para hacer feliz al presidente Kennedy. Con amor y tantos recuerdos, Jacqueline
Kennedy".
Para
haber vivido tantos momentos con los Kennedy desde que comenzó a trabajar para
ellos en los años 50, cuando John era senador, es curioso que Providencia se
haya perdido el más impactante de todos: el asesinato del presidente.
Justo
para ese viaje fatal, ella había pedido permiso para quedarse con su hijo
Gustavo, quien ahora está sentado al lado de ella y le ayuda a buscar las
decenas de fotografías, revistas viejas y libros que hablan de su paso por la Casa
Blanca.
Aunque
no viajó a Dallas con la comitiva, su trabajo silencioso sí quedó para la
posteridad, pues fue ella la que le ayudó a escoger a Jacqueline el vestido de
lana rosa, con el casquete acompañante, que terminaría embadurnado de sangre.
Es el mismo traje que aparece en innumerables fotos de ese 22 de noviembre y
que luego, todavía sin limpiar, fue enviado al Archivo Nacional con la orden de
que no fuera mostrado en los siguientes cien años.
Quizá
por coincidencia, Paredes también viste de rosa cuando recibe a BBC Mundo,
aunque aclara rápidamente que es un tono distinto al que usó su antigua jefe.
Lo dice con conocimiento de causa, pues pocas personas vieron tan de cerca el
armario de la elegante primera dama.
Jacqueline
Kennedy con el vestido rosa que terminaría embadurnado de sangre.
Paredes
está sentada en la sala de su casa en Washington y en todas las direcciones hay
objetos sobre los Kennedy. Es, sin duda, un pequeño museo íntimo.
En la
mesa frente a ella hay 19 libros sobre ellos. En las paredes, imágenes
autografiadas de su paso por la Casa Blanca. En los cajones y anaqueles, hojas
rasgadas de medios impresos que dan cuenta de cómo ella fue testigo de esa vida
ambivalente -entre afortunada y trágica- de una de las familias más recordadas
e importantes de Estados Unidos.
Por
ese carácter tan particular que confiere el apellido Kennedy, llama la atención
la humildad en su respuesta cuando se le pregunta por su primer día en la Casa
Blanca: "Yo pensé que era un trabajo como otro cualquiera".
"Tengo
que atender a esta señora y [cuidar] su ropa. No puedo fallarle. Si no, ella me
bota".

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